La guerra en Israel ya está afectando la economía, con el aumento de los precios de la energía y posibles implicaciones para los sectores comercial y turístico de la región. La situación sigue fluida y se está vigilando de cerca para futuros desarrollos. Pero donde más han saltado las alarmas ha sido en el campo tecnológico, ya que Israel, potenciado también por Estados Unidos, se ha convertido en las últimas décadas en el auténtico Silicon Valley de Europa, con empresas de referencia que apuestan por concentrarse ahí. Estamos hablando de empresas que tienen altas potencialidades y que hoy resultan imprescindibles para las compañías, también las más avanzadas en el campo de las start-ups.

¿Faltará capital humano?

Más allá de los problemas derivados de la inflación y la escasez que pueda haber de materias primas, el factor humano lo condiciona todo. El actual gobierno de Israel ya ha anunciado que convocará a cerca de 300.000 reservistas, una cifra sin precedentes, muchos de los cuales podrían proceder de operaciones tecnológicas con sede en Estados Unidos y, por lo tanto, afectar al capital humano de dichas empresas. "Es una gran interrupción para los negocios habituales", ha asegurado Jack Ablin, director de inversiones y socio fundador de Cresset Wealth Advisors, experto en inversiones en capitales extranjeros. Ablin, para la agencia Reuters, considera que a corto plazo los recursos se podrían desviar si el conflicto se amplía, como que el personal de las empresas tecnológicas sea llamado como reservistas militares.

El gigante Intel

"Nos estamos preparando para que eso tarde un tiempo", dijo Noam Schwartz, nacido en Israel y fundador y director ejecutivo de ActiveFence, empresa tecnológica especializada en amenazas en línea con sede en Nueva York y Tel Aviv. Su empresa seguirá atendiendo a los clientes durante el conflicto, dijo, aunque espera volver a Israel para realizar un servicio militar. "Tenemos bastante gente en todo el mundo para asegurarnos de que todo el mundo esté bajo control". Los pesos pesados, de momento, no quieren crear alarma, pero se muestran escépticos sobre el futuro inmediato. A modo de ejemplo, un portavoz del fabricante de chips Intel (INTC.O), el empresario y exportador privado más grande de Israel, dijo que la compañía "estaba siguiendo de cerca la situación en Israel y tomando medidas para salvaguardar y dar apoyo a nuestros trabajadores".

El portavoz se negó a decir si la producción de chips se ha visto afectada por la situación. De momento, las acciones de Intel cayeron un 0,5% el lunes. Hay que recordar que la empresa norteamericana Intel, fabricante de chips, anunció el pasado julio la intención de abrir una nueva fábrica en Israel, con la inversión extranjera "más grande del país", por valor de más de 22.800 millones de euros (25.000 millones de dólares). La planta tiene previsto instalarse en Qiryat Gat, en el centro del país, en 2027.

En paralelo, Nvidia (NVDA.O), el mayor fabricante del mundo de chips utilizados para inteligencia artificial y gráficos para ordenador, dijo que había cancelado una cumbre de IA prevista en Tel Aviv la próxima semana, donde debía hablar su director general, Jensen Huang. Si vamos a los precedentes más inmediatos que marcó la covid con la crisis de microchips, el hecho de que la tecnología y uno de los proveedores mundiales más importantes sean inestables tiene unas consecuencias que afectan a un mundo plenamente globalizado.

El precedente con Asia

Entonces, la concentración de la producción fue en Asia y dificultó los avances de otras potencias, como las europeas, que fueron a remolque de la dependencia que tenían de Asia. La producción de semiconductores de última generación se concentra en Asia, y países como Corea del Sur, China o Taiwán son líderes en su fabricación. Solo la compañía taiwanesa TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Co.) produce el 56% del total, según informa la consultora TrendForce. Y, curiosamente, a pesar de su importancia, Europa se ha quedado en una situación de dependencia, con países como España donde no hay ninguna manufactura de este tipo.

Esta concentración de la producción se ha convertido en un problema desde el inicio de la pandemia. Al cortarse las líneas de abastecimiento, se generaron cuellos de botella. Los semiconductores no alcanzaban las cantidades necesarias, lo que lastró la fabricación en industrias como la automovilística o la informática. Simplemente no podían completar sus productos.