Cuando nos recortan la voz, muere la identidad
Vivir en catalán no debería ser un privilegio, sino un derecho básico e innegociable

- Rat Gasol
- Olèrdola. Martes, 18 de marzo de 2025. 05:35
- Actualizado: Martes, 18 de marzo de 2025. 08:47
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Con demasiada frecuencia me siento extranjera en mi casa, en Cataluña. Vivir en catalán se ha convertido en un ejercicio constante de paciencia y resignación. Porque no es solo que el uso del catalán se reduzca en conversaciones informales o que los jóvenes lo abandonen progresivamente; el problema es mucho más profundo, casi estructural. La realidad es que hoy mantener una vida plenamente en catalán es poco menos que un sueño ingenuo, una utopía que se desdibuja en el día a día cotidiano, en cada interacción con el mundo exterior.
El verdadero drama no es únicamente que un médico te responda en castellano cuando le hablas en catalán, o que un camarero ni siquiera entienda tu pedido si no cambias de idioma. La tragedia es que esta situación se ha normalizado hasta tal punto que es casi mal visto invocar ser atendido en la lengua propia de Cataluña. La exigencia de hablar catalán se ha convertido en un acto de resistencia silenciosa, un gesto que a menudo te sitúa en la incomodidad o te hace parecer demasiado exigente. Y ahí está el problema: una lengua no sobrevive solo a base de buenas intenciones, sino con un uso cotidiano, normalizado, sin tener que mendigar permiso para existir.
Cataluña se ha convertido en un territorio donde la convivencia lingüística se vende como sinónimo de renuncia
Cataluña se ha convertido en un territorio donde la convivencia lingüística se vende como sinónimo de renuncia. La presión para cambiar de idioma es constante, sutil pero persistente, como ese chorrito de agua que corroe la roca. Es en la atención sanitaria, donde el derecho a ser atendido en catalán se desvanece ante un “perdona, no te entiendo”. Cada “no te entiendo” es un pequeño silencio impuesto. Es en el comercio, donde pedir un producto en catalán puede derivar en miradas de confusión o incluso en una respuesta airada. Es en los servicios de atención al cliente, donde el catalán parece ser una anomalía en un mundo donde el castellano y el inglés imperan sin matices.
Esta precariedad lingüística no es algo casual. Es la consecuencia de una inacción política y social, de una desprotección de la lengua que se esconde bajo el discurso de la libertad individual. Pero, ¿dónde queda la libertad del catalanohablante cuando sistemáticamente debemos renunciar a nuestra lengua para que se nos entienda? Esta asimetría lingüística, en la que unos tienen el derecho de imponer su lengua y otros solo el de ceder, perpetúa una desigualdad que va mucho más allá de la mera comunicación. Es una cuestión de respeto, reconocimiento y justicia cultural.
Desde hace tiempo, el catalán vive una situación de subordinación en su casa. Y no se trata de nostalgia ni de resistencialismo mal entendido. Se trata de la constatación de que el catalán no tiene la misma legitimidad que otras lenguas en muchos ámbitos de la vida pública y privada. Esta desigualdad se traduce en una sensación de desamparo de quienes lo hablamos, una sensación de fragilidad que, a la larga, desincentiva su uso. ¿Cómo pedir a nuestros jóvenes que hablen catalán si cada vez que lo intentan chocan con tantas barreras? ¿Cómo normalizar la lengua si vivir plenamente en catalán es un camino lleno de obstáculos?
Desde hace tiempo, el catalán vive una situación de subordinación en su casa
Es desolador ver cómo la lengua catalana se vuelve cada vez más invisible. El catalán no solo se pierde cuando no se habla; se pierde también cuando no se le escucha, cuando no se le lee, cuando no se le escribe. Se pierde cuando entras en una tienda y la rotulación es exclusivamente en español; cuando escuchas la megafonía del transporte público y el catalán queda relegado a un segundo plano; o cuando las aplicaciones y servicios digitales no incorporan el catalán por defecto. Vivir en catalán es hoy intentar hablar cuando nadie te escucha. Y son precisamente todos estos pequeños detalles los que construyen un entorno en el que el catalán es una opción, pero nunca la opción natural.
El discurso de la libertad lingüística, utilizado a menudo para justificar esta situación, no puede esconder la realidad: no existe libertad cuando una de las opciones siempre se percibe como molesta o minoritaria. No existe libertad cuando el uso del catalán es visto como un capricho o una excentricidad. La verdadera libertad pasa por garantizar que el catalán tenga un espacio seguro y digno en todos los ámbitos, desde la sanidad hasta el ocio, pasando por la administración y los servicios privados.
El discurso de la libertad lingüística no puede esconder la realidad: no hay libertad cuando una de las opciones siempre se percibe como molesta o minoritaria
Lo verdaderamente terrible es la falta de respuesta institucional ante esta precariedad. Las políticas lingüísticas parecen limitarse a acciones cosméticas, a campañas de concienciación que no llegan al meollo de la cuestión. No se trata solo de promover el catalán, sino de protegerlo, de garantizar que nuestros derechos lingüísticos son respetados con la misma firmeza de que se respetan otros derechos. Porque vivir en catalán no debería ser un privilegio, sino un derecho básico e innegociable.
Y, sin embargo, la situación actual pone de manifiesto todo el contrario. Cada vez son más los ámbitos donde el catalán pierde presencia, y cada vez es más difícil revertir esta tendencia. La inacción se ha convertido en el principal aliado de la desaparición de la lengua, en el silencio cómplice que permite que el catalán se diluya, lenta pero inexorablemente, en la realidad cotidiana.
El futuro del catalán no depende solo de los que lo hablan, sino también de los que tienen el poder de hacerlo viable. Las instituciones, las empresas, los servicios públicos y privados, todos tienen una responsabilidad compartida para garantizar que el catalán no sea una lengua de segunda en su casa. Y es que la lengua no es solo un vehículo de comunicación; es también un patrimonio cultural, una manera de ver el mundo, una identidad que se construye con cada palabra, con cada conversación, con cada acto diario.
El silencio del catalán no es accidental, es el resultado de una desprotección sistemática. Y mientras la voz de Cataluña está enmudecida, el riesgo no es solo perder una lengua, sino perder nuestra propia identidad.