El futuro del modelo europeo, en una encrucijada

- Josep Reyner
- Barcelona. Miércoles, 26 de febrero de 2025. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
La sacudida a la que Donald Trump está sometiendo a las estructuras políticas de la UE, ignorándolas en las negociaciones para acabar el conflicto de Ucrania, interviniendo de forma descarada y partidista en su debate político (elecciones alemanas y las futuras por venir) y cuestionando la integridad de estados europeos (Groenlandia) puede acabar, al final, bien o mal, dependiendo de la respuesta que le dé la propia UE. Trump se está aprovechando de la poca solidez de las instituciones europeas para hacer lo que hace. No tengo ninguna duda de que ante un poder europeo más integrado y cohesionado debería actuar de otra manera, de la misma forma que lo hace con China o Rusia. Si Europa acaba entendiendo lo que es ya un clamor relativo a la reforma de su gobernanza y estructuración política, el callejón sin salida actual podría terminar resultando positivo. Si, en cambio, continúa con la actual cacofonía y falta de dirección, su futuro, en el mejor de los casos, será el de irse diluyendo, con claros efectos sobre las condiciones de vida europeas. Por población, tamaño del mercado, poder adquisitivo y convicciones comunes, Europa no puede quedar reducida al papel de colonia de uno de los bloques geopolíticos.
Hace unos meses, el informe Draghi (como también el informe Letta) ponía de manifiesto la necesidad vital que tiene Europa de adoptar profundas reformas si no quiere tener que renunciar a alguna o más de sus ambiciones actuales (independencia efectiva, modelo social y responsabilidad climática). Estas reformas se pueden resumir en tres áreas de acción:
- Cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y China.
- Un plan conjunto de descarbonización y competitividad coherente que haga compatibles ambos objetivos.
- Aumentar la seguridad en términos geopolíticos y económicos, reduciendo las dependencias en defensa, energía, materias primas y productos estratégicos (como los semiconductores).
El informe, en sus 400 páginas, va detallando de manera minuciosa las acciones necesarias a tomar tanto en diferentes ámbitos transversales (innovación, educación, inversión y financiación...) como en sectores clave (energía, materias primas, digitalización, inteligencia artificial...). Pero estas medidas se pueden resumir de forma muy breve en tres tipologías: a) reducir las cargas regulatorias –desburocratizar– y unificar más los mercados tanto de capitales –finalizar la unión financiera– como de productos; b) no desaprovechar recursos ahora muy diluidos entre las acciones de los estados y las de la UE, intensificando las compras públicas comunes –especialmente en defensa–, colaborando más intensamente en innovación; y c) coordinando estrategias industriales y agilizando los procesos políticos y legales de toma de decisiones. Solo así se podrá superar la dinámica decadente que arrastra.
Europa no puede continuar sumida en la dependencia tecnológica, económica y defensiva ni someterse a los deseos coloniales de Trump
Ninguna de las recetas relevantes que Draghi señala en su informe tiene recorrido si la UE no es capaz de llevarlas a cabo de forma muy coordinada y bajo una dirección y criterios estrictos ejercidos desde una autoridad europea potente capaz de resistir las tendencias disgregadoras de sus estados. Quizá el gran defecto del informe sea no hacerlo más explícito, porque todo esto lleva necesariamente a una reforma de la propia UE. Reforma que debería incluir una federalización profunda de sus estructuras políticas, una asunción efectiva de poder en las principales políticas económicas y financieras y una decidida estrategia de política exterior y de defensa conjunta. Siempre sin apartarnos de los valores básicos de las democracias liberales ni de un objetivo de inclusión social que debería ser el distintivo europeo. Por ambicioso y atrevido que parezca, es necesario retomar este debate con urgencia.
Obviamente, el primer obstáculo es vencer la ola de populismos, especialmente de extrema derecha, contrarios a la idea europea, que hoy parecen imparables. Las grandes corrientes ideológicas europeas deberían entender, tanto en su discurso como en sus acciones, que es imprescindible dar la batalla ideológica sobre sus poblaciones evitando la criminalización fácil de los débiles y proclamando claramente que la solución no es menos, sino más Europa, pero, sobre todo, una Europa mejor. Requiere un esfuerzo pedagógico monumental sobre las poblaciones de cada estado. Del mismo modo que ya se puede hablar de una internacional reaccionaria (término ya utilizado por Macron) deberíamos poder hablar de una respuesta de mínimos del resto de la sociedad, que, a pesar de las divisiones, es mayoritaria. Quisiera ser optimista y creer que aún estamos a tiempo.
Las conquistas sociales europeas solo están garantizadas si la economía las puede pagar
El segundo gran condicionante requiere que los principales estados de la Unión estén de acuerdo en la necesidad de una refundación y que actúen con una valentía hasta ahora no vista. Y Trump nos ha puesto frente al espejo para reconocer esta necesidad. Estas transformaciones podrían exigir crear un segundo nivel de vinculación al proyecto europeo menos integrado. Cuesta ver a algunos estados de la Europa del Este o centroeuropeos (Hungría o Eslovaquia), o incluso a alguno de los fundadores, como Italia, alineados con un posicionamiento federalizante. Esperemos que ninguno más. Pero Europa no puede continuar sumida en la dependencia tecnológica, económica y defensiva, ni someterse a los deseos coloniales de la nueva administración estadounidense por los obstáculos que, entre unos y otros, ponen a los proyectos comunes.
El tercer gran reto también es hacer entender a nuestras acomodadas poblaciones que el estado del bienestar, característico del proyecto europeo con diferentes matices, no es algo garantizado indefinidamente ni a lo que tengamos derecho por el mero hecho de ser europeos. Y, por tanto, que hay que ganárselo día a día. ¿Cómo? Básicamente siendo tan competitivos y productivos como lo sean otros bloques del mundo y compensando las desventajas en unos ámbitos con ventajas en otros. Las conquistas sociales solo están garantizadas si la economía las puede pagar. Si esto no se entiende colectivamente, no tendremos más remedio que aceptar recortes y ajustes dolorosos y perder una de las esencias, quizá la más importante, del estilo de vida europeo que tiene una mayor cohesión social como señal de identidad.