Variaciones económicas trumpistas en el día de la 'liberación'

- Guillem López-Casasnovas
- Barcelona. Miércoles, 2 de abril de 2025. 05:30
- Actualizado: Miércoles, 2 de abril de 2025. 10:11
- Tiempo de lectura: 6 minutos
Introducción
El desconcierto es general. La llegada de Trump a la administración de EE.UU. lo ha revolucionado todo. No por inesperados, los bandazos del nuevo gobierno con poco más de dos meses en el ejercicio del poder han generado un caos global, aunque sea por la incertidumbre que generan sus medidas, anunciadas o efectivas, y sus gestos, ya por negociación, ya fruto de un egocentrismo inaudito para la responsabilidad que le toca ejercer. Se trata a menudo de un intento de dar coherencia a su propia jurisprudencia que sus múltiples acciones están generando, en una especie de bucle de autojustificación basado en un relato que solo tiene MAGA (Make America Great Again) en el frontispicio. Y lo hace desde una interpretación de lo que debería ‘hacer grande’ a América de nuevo: expandir fronteras si cabe, proteger a sus habitantes contra el resto de la humanidad, enorgullecer un sentido de pertenencia basado en el miedo que generan los líderes estadounidenses sobre el resto de los mortales. Con incoherencias, cuando menos manifiestas, que rozan lo ridículo.
Así, desde un discurso de libre mercado, Trump interviene, sin embargo, en la economía cuando le conviene, como si el Estado, como su propia empresa, fuera de su propiedad. Distorsiona las decisiones privadas con intervenciones públicas, al peor estilo del socialismo caduco; así con los aranceles, que no dejan de ser distorsiones a los precios del libre intercambio sin que queden claros los beneficios de hacerlo, tanto en contra de las políticas de la ventaja comparativa como del valor de la productividad marginal de los inputs, con un exceso de gravamen de manual que distorsiona la asignación de los mercados con diversos efectos multiplicativos arrastrados. Y lo hace en nombre de un bienestar social interno de sus ciudadanos, ignorando cómo estas decisiones afectan a la inflación que esos mismos consumidores sufrirán, erosionando así su capacidad adquisitiva; con la pérdida de empleo por la dificultad de producir para exportar, consecuencias de un dólar sobrevalorado que impide las importaciones del resto del mundo y las exportaciones propias de EE.UU., dados los aranceles que la economía americana enfrenta como contrapartida. Se dice que un buen gobierno no debe ser intervencionista y así se despreocupa de la sanidad y la educación de sus ciudadanos, ámbitos evidentes de fallo de los mercados, pero interviene en ámbitos de la globalización en los que el mercado ‘no falla’, sino que permite juegos de suma positiva.
Trump distorsiona las decisiones privadas con intervenciones públicas, al peor estilo del socialismo caduco
Trump exhibe la fusión del poder y la política con su camarilla de ególatras que se reconocen triunfadores. Si conseguimos evidenciar los errores de los magnates mangantes de la ‘res publica’, los economistas ayudaríamos a dejar claro que con la guerra todos perdemos, y que cortocircuitando el comercio internacional con aranceles se perjudica a muchos, particularmente a los trabajadores que menos disfrutan de rentas de capital con beneficios dudosos, que la política y los negocios tienen tiempos y motivaciones diferentes a los que prevalecen en la negociación trumpista, hoy magnificada por un supuesto valor de intimidación ante el contrario, o de la aleatoriedad como forma de sorpresa para llegar a hacer creíble, por irracional, cualquier posicionamiento, etc.
La política, como dice Bauman en muchos de sus textos, define supuestamente la capacidad de poder decidir ‘qué cosas hacer’, mientras que el poder implica ‘la capacidad efectiva de hacerlas’. La erosión de la segunda sobre la primera comienza a menudo por la crítica a políticos que no saben decidir y que no dominan la burocracia que debe ejecutar aquello poco o mucho que se haya decidido. En este clima, la delegación de responsabilidades de la política pública hacia el sector privado, agencializada a veces fuera de los circuitos democráticos, es bien recibida por el poder empresarial que dice poder subrogársela y así ‘hacer’ de manera más eficiente lo que ‘conviene’ a la sociedad. Los mercados sustituyen de esta manera el foro de la democracia política, y la gobernanza se ofrece a los poderes públicos como placebo para el control que ejerce por la vaselina de la irrupción de la nueva lógica empresarial en los asuntos públicos.
Supuestamente, nada se ha de perder si quien gobierna lleva el timón mientras otros reman; pero no cuando en realidad se abandona el timón o los papeles de guía de la navegación. También se debilita así el vínculo entre Estado y ciudadano que se disuelve bajo la idea de que todo es externalizable. Pierden peso la reputación de la mano de mercados ‘contestables’ y los considerados activos específicos que deben cohesionar la comunidad. Y la sociedad se va ‘licuando’, se disuelve el sentido de comunidad (la famosa metáfora de Bauman de la sociedad líquida). El mercado trata entonces con individualidades, y los desechos por los efectos externos que esto genera sobre otros individuos, van directamente al cubo de basura (vertedero lo llama él) que el Estado debe resolver como pueda. ¿Les suena esto, por ejemplo, con lo que pasa con parte del empresariado en nuestro país con la inmigración o con el turismo? Apropiación de ganancias de unos y centrifugación de costes al erario público. Unos problemas difíciles de resolver, ciertamente, y que en su fracaso retroalimenta la antipolítica.
Europa
La reacción de Europa ante la política trumpista tiene, de momento, dos vertientes: la del gasto en defensa, con la que se propugna a la fuerza el rearme, y la nueva liturgia de la recuperación económica. Lo hace de momento con narrativas impecables. La primera, desde la seguridad, la responsabilidad y los costes de la libertad; la segunda, con una lluvia de ideas bien estructuradas, como son los dos informes (Letta y Draghi) para enderezar la economía europea. La integración de los mercados de capitales no tienen, en todo caso, tanto desarrollo como algunos querríamos, ni queda claro el financiamiento de los dos grandes propósitos, aunque se dice que se buscan externalidades del gasto en rearme sobre la productividad. Quizá no puede ser de otra manera, a la vista de la dificultad de concretar en un tema que tiene tantas aristas y en el que la acción pública tiene menos músculo ante el poder financiero (cañones o mantequilla).
Pero, más allá de la literatura mencionada, la realidad europea no invita al optimismo: ¿de dónde saldrá el financiamiento? ¿Qué grado de aceptación tendrá aquella priorización, eludida hoy por los gobiernos con una nueva mutualización de la deuda, a empujones del aumento del gasto en defensa? ¿Cómo se harán compatibles estos recursos con dinero privado, a escala de los intereses de las compañías en los diversos Estados, más allá de los correspondientes a los proveedores de armamento y tecnologías de seguridad? ¿Qué capacidad tendrá la propia Unión Europea de dirigir la asignación –sean cuales sean los fondos finalmente disponibles– y de control de las políticas necesarias sin que acabe con un reparto de recursos de ámbito local de utilidad incierta?
En general, tendemos los europeos a tomar las dificultades como oportunidades. Pero aquellas son hoy mayúsculas visto el vendaval que sopla del Atlántico. Ojalá esto despierte a Europa del sopor y, deseablemente, no por las amenazas bélicas, sino por un mejor futuro económico compartido. Aquí algún analista europeo con un exceso de optimismo cree que Trump nos hace un favor. Veremos.
Y lo peor de todo: los trumpistas locales
El año pasado centré el análisis predictivo en la incertidumbre del contexto económico que marcaría 2025 bajo el supuesto de la elección de Trump: balanza comercial, de capital, fortaleza del euro, precios de la energía, costos de movilidad, turismo etc. ‘Pelando la cebolla’ de los interrogantes (esta era la metáfora), me salía detrás de cada capa, la cara de Trump. Lo escribí nueve meses antes de su elección. Y desafortunadamente acerté. Ahora ya son habas contadas. Sabemos más o menos el contexto económico mundial para estos próximos años. Sin subidas radicales del coste de la energía (retorno a las nucleares y a los combustibles tradicionales), habiendo apostatado del cambio climático, el nuevo ‘sheriff in town’, como se hace llamar, ha sacado las pistolas. Podrá haber algún momento aleatorio en tecnología, errático en finanzas o en mercados de minerales raros, pero las cartas están echadas.
Lo peor de la huella del nuevo presidente de EE.UU. quizás es que da vía libre para que una infinidad de trumpistas a escala estatal y local emerjan envalentonados a la sombra del magnate. Son gente que a menudo ni siquiera puede exhibir ningún éxito empresarial, ni siquiera a partir de las tropelías del magnate americano, delincuente convicto reconocido. Quieren actuar como él porque, creen, los homologa como triunfadores en la vida, llegar y besar el santo, aunque no puedan exhibir capital financiero –que no tienen– ni capital humano –que nunca cultivaron–. Se muestran como su ídolo, con un seguido de posicionamientos chulescos, tentando la descortesía y con cambios de opinión arbitrarios; quien es poderoso no necesita justificar nada. Un condenado, el mismo Trump, que permite burlarse de la justicia y de la división de poderes, para calificar como ‘dictadores’ a otros. Con comportamientos propios de un machismo grosero, hecho de escarnios y mentiras, está generando una ‘jurisprudencia’ extensiva en su aplicación, que entusiasma a los aspirantes trumpistas.
Son personajes, estos, también en nuestro país, que escriben y hablan sobre cualquier tema sin miramientos, descalificando con adjetivos graves a quienes no piensan como ellos; llegando, si cabe, a temas personales. A menudo, hablan con ocurrencias según lo primero que se les ocurre (¡para qué leer o estudiar, si ya lo saben todo!), sin la humildad de reconocer que se desconoce todo aquello que no pasa por medios o redes de conveniencia. Tienden a no respetar nada de la tradición y cultura heredadas, quizá pensando que no tienen nada que agradecer, que todo lo que tienen, lo tienen porque se lo merecen. Horas de ahora sienten primacía con el calor de aquellos que son como ellos, mientras muchos otros, atemorizados, callan; tal es el poder del dinero, del atrevimiento más descarado, que hoy lo invade todo.
Ojalá esto despierte a Europa del sopor, y no por las amenazas bélicas, sino por un mejor futuro económico compartido
Tienen cada día un recurso a disposición procedente de su maestro. Cada mañana se despiertan con una nueva ‘bravuconada’. Trump declara la guerra (el infierno de bombardeos, o de aranceles, por igual), no respeta la palabra dada y fía la gobernanza a quienes, como él, son triunfadores capitalistas. Son personajes que probablemente admira porque sabe que son más inteligentes que él mismo y no han necesitado envolverse en el negocio de la piedra y las corruptelas, como ha tenido que hacer el propio Trump. Su círculo es la familia, la adhesión a su figura, no el conocimiento ni la sabiduría de los mayores, ni la pausa razonada de quienes dudan antes de improvisar. Actúan como redentores de los desfavorecidos, pero sin altruismos de proximidad. Recordar la historia es para ellos perder el tiempo. El impulso ante el día a día domina, como en su seguidor de la motosierra, que ha mostrado ya su escaso grado de conocimiento de la economía apoyando las criptomonedas más especulativas. Y no para hacerse rico él (como suele hacer Trump), sino siendo el tonto útil que ha arruinado a algunos de sus propios conciudadanos.
Se abre así la veda a todos los niveles, también a kilómetro cero: emular a Trump sin ser Trump, actuando, como él, contra todo el que no sea afín, a quien se menosprecia, resulta a escala local especialmente patético.