El 13 de abril de 1964, el Santa Monica Civic Auditorium de Los Ángeles acogía la 36 edición de los premios Oscar. El presentador era una de las grandes estrellas del momento, Jack Lemmon, que pocos meses antes había protagonizado aquella maravillosa comedia dirigida por Billy Wilder titulada Irma, la dulce.
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La cinta británica Tom Jones fue la que se llevó la estatuilla a la mejor película. El Oscar al mejor director, responsable del mismo largometraje, lo ganó Tony Richardson. Sidney Poitier por Los lirios del valle y Patricia Neal por Hud, mejor actor y mejor actriz respectivamente, y 8 ½ de Federico Fellini, Mejor Película de Habla No Inglesa. Imposible hacer sombra a la obra maestra del genio italiano. Y aun así, fue una noche memorable para el cine catalán, ya que, por primera vez, un cineasta de nuestro país era candidato al Oscar.
El abogado que quería hacer películas
Francesc Rovira Beleta nació en Barcelona el 25 de septiembre de 1912. Hijo de una familia burguesa dedicada a la entonces muy próspera industria textil, todas las cartas estaban marcadas para que, tras terminar los estudios de Derecho que había iniciado en la Universidad de Barcelona, siguiera al frente de la empresa familiar. De hecho, llegó a licenciarse. Nunca ejerció, ni como abogado ni como empresario. Su verdadero amor, su auténtica pasión era el cine.
Durante años, Cifesa (Compañía Industrial Film Español, S.A.) fue conocida como “la fábrica de películas más importante del cine español”. Empresa dirigida por la saga valenciana de los Casanova: el padre Manuel Casanova Peris y sus hijos Vicente y Luis (este último, popularmente conocido por haber sido durante décadas presidente del Valencia CF), de sus estudios surgieron algunos de los títulos más exitosos del cine español durante los primeros años del franquismo. Fue en Cifesa donde Rovira Beleta vivió sus primeras experiencias en el séptimo arte como ayudante de dirección de realizadores como Luis Lucia y Juan de Orduña. Su debut como cineasta llegó en 1948 con el filme Doce horas de vida (1948).
Los Tarantos es también un magnífico testimonio y legado de aquella ciudad que fue y ya no es
Autodidacta, (casi) siempre con la ciudad de Barcelona como plató de sus historias, combinando elementos del cine negro con las formas del cine social, con una fuerte influencia del neorrealismo, añadiendo trazos de cierto cine folclórico e incluso pinceladas del musical, la filmografía de Rovira Beleta comenzó a sumar referencias a un ritmo frenético: Luna de sangre (1952), Hay un camino a la derecha (1953), Once pares de botas (1954, esta con jugadores del Barça entre el reparto), El expreso de Andalucía (1956), Historias de la feria (1958), Familia provisional (1958), Altas variedades (1960), Los atracadores (1962)... Y entonces llegó Los Tarantos, muy probablemente una de las mejores películas de la historia del cine catalán.
Una película genial sobre una Barcelona que ya no existe
Los Tarantos es la particular adaptación de Francesc Rovira Beleta de la leyenda de Romeo y Julieta, pasada por el filtro lorquiano de Bodas de sangre, aquí sustituyendo a los Capuleto y los Montesco por los Zorongos, gitanos adinerados, y sus enemigos históricos, los Tarantos, una familia de talante más bien bohemio, pero liderados por una matriarca brutal, magistralmente interpretada por la bailaora y cantante Carmen Amaya: “Es uno de los mejores recuerdos que tengo de la película. Carmen no solo era la mejor bailaora española, sino también una gran actriz y una mujer encantadora”, declararía años después el director sobre la protagonista de su filme.
Los Tarantos, Romeo y Julieta en el barrio del Somorrostro
En esta historia de amores imposibles, su hijo predilecto, Rafael (Daniel Martín), se enamora de Juana (Sara Lezana), hija del jefe de los Zorongos. Extraordinario retrato de aquella Barcelona gris y mísera de inicios de la década de los sesenta, con barrios como el Somorrostro convertidos en sets de rodaje, Los Tarantos es también un magnífico testimonio y legado de aquella ciudad que fue y ya no es.
Una noche histórica para el cine catalán
El 13 de abril de 1964, el Santa Monica Civic Auditorium de Los Ángeles acogía la 36ª edición de los premios Oscar. Cinco eran las películas candidatas a Mejor Película de Habla No Inglesa: Ta Kokkina fanaria de Vasilis Georgiadis (Grecia), Koto de Noboru Nakamura (Japón), Nóż w wodzie de, atención, Roman Polanski (Polonia), Los Tarantos de Francesc Rovira-Beleta (España) y 8 ½ de Federico Fellini. El premio lo ganó el director italiano, pero fue una noche histórica para un cine catalán que tres años más tarde volvía a estar nominado al Oscar en la misma categoría. La película candidata, en aquel 1966, era El amor brujo, una vez más, dirigida por aquel abogado que nunca ejerció, de nombre Francesc Rovira Beleta.