Elisa Beni tiene mucho que contar porque es una mujer con tantos conocimientos como convicciones. Habla rápido para que todas las ideas salgan de golpe, pero nunca se pierde: lo tiene todo perfectamente hilvanado en su cabeza. La periodista y escritora riojana acaba de publicar Thule. El sueño del norte, una novela histórica, sociológica y de aventuras que nos traslada a principios del siglo XX para plantearnos muchas reflexiones y hacernos una pregunta incómoda: ¿es posible escapar de la realidad colectiva? Y, sobre todo: ¿es justo pensar en uno mismo y dejar atrás a los demás? Beni, amante del norte, construye una isla inventada —La Inexpugnable— donde cabe todo el mundo y una mansión que recupera la idea de Thule, la isla que los griegos consideraron como la tierra más al norte, un mito que apareció hasta en la escritura de Cervantes. Es una novela que tiene muchas capas, pensada para que atrape hasta el final y que podría ser el primer volumen de una saga que la autora ya fabrica en sus adentros.

Foto: Luis Saguar

Si te pregunto de qué va la novela, ¿qué me dices?
Cuando le preguntaron eso, un autor contestó: "si te lo hubiera podido contar en dos párrafos no hubiera escrito 500 páginas" (risas). Es una novela que tiene muchos planos y muchas capas, de aventuras y de ideas, que plantea cuestiones que los seres humanos no podemos dejar de desarrollar. Me he ido en el tiempo y en el espacio, a los años 30 y a una isla inexistente —pero que podría perfectamente haber existido— en el Atlántico norte. Me ha llevado dos años y medio escribirla. Puede que responda a esa ansia de evasión que nos entró a todos durante y después de la pandemia; tanto física, de conexión con la naturaleza, como psíquica de preguntarnos si somos capaces de escapar a lo que nuestros gobernantes designan para nosotros. Yo creo que la novela fundamentalmente gira sobre esa especie de evasión a una vida más en contacto con la naturaleza. Tiene que ver también con el planteamiento de hasta qué punto nuestros gobernantes nos pueden implicar en sus batallas y hasta qué punto el pacifismo consiste en negarse a empuñar las armas bajo ningún concepto, o hay momentos en la vida en la que nuestros derechos y libertades están amenazados y, por tanto, no nos queda otra que defenderlos. Y también está un poco relacionado por las tensiones que se produjeron cuando la guerra de Ucrania. Todo esto lo he llevado a otra época histórica en la que es muy evidente.

¿Por qué ubicas la novela en 1937?
Porque, a casi todos, la historia española se nos acaba un poco en la Guerra Civil y en la Transición; es como que la Segunda Guerra Mundial en la que España no participa es algo que sucede extra fronteras, como si fuera un decorado que está ahí. He hecho un ejercicio de salir a Europa, porque también hay que entender cuál es la herida de Europa. Para los europeos, la Guerra Civil española es algo que sucede en la trastienda, que en muchos casos es una especie de prolegómeno, una especie de demostración de que Hitler y Mussolini están dispuestos a entrar —y de facto, entran—, y como para ellos no es más que algo que sucede en el patio de atrás. Me he situado mucho en la vida civil e intelectual previa a la guerra, porque me parece que es importante que veamos que antes de que los acontecimientos sucedan, siempre hay cosas que nos las van anunciando por mucho que la sociedad se quiera tapar los ojos.

Europa nos dio la espalda porque quería salvar sus culos

¿Cómo arranca la historia?
Planteo a un tipo que tiene pasta, un intelectual que es escritor, y le surge la oportunidad de quitarse de en medio. De decir: yo en esto no participo, no contéis conmigo. Y entonces se va a una isla fuera de los mapas y de las rutas, prácticamente olvidada, a la que solamente acceden los pescadores vascos del golfo de Vizcaya cuando van y vuelven de Terranova. La he llamado La Inexpugnable. La pregunta de la novela es: ¿nos podemos sustraer, aun teniendo los medios, a la actuación de nuestros gobernantes y a lo que suceda a nuestro alrededor? Esto también enlaza un poco con los multimillonarios, Elon Musk y toda esta gente, que ya llamaron a un tipo y le dijeron: si se lía en la tierra, nosotros nos queremos ir a otros sitios. ¿Se puede? Por muchos medios económicos que tengas, ¿la historia no te alcanza? Esa es un poco la tesis.

A priori parece un poco David contra Goliat.
El protagonista Armand Rolzou está en la Sociedad de Naciones, que se creó para evitar más guerras mundiales, y sin embargo empieza a no funcionar bien —como sucede ahora mismo con la ONU—. Él sale de escuchar hablar a Juan Negrín, presidente de la República Española, que intenta solicitar la ayuda que el tratado firmado por la Sociedad de Naciones le debe a España por recibir ataques de otras potencias extranjeras, como Alemania e Italia, y ve cómo Europa, y sobre todo gran Bretaña y Francia, niegan que esté sucediendo y le dan la espalda. Si los europeos hubieran tomado cartas respecto a la agresión y a la involución en España, probablemente las cosas no hubieran ido como fueron; pero Europa nos dio la espalda porque quería salvar sus culos. Me he situado en esa tesitura: en cómo las naciones democráticas, en un momento dado, prefieren mantener su tranquilidad y pensar que van a poder salvar los trastos.

¿Has encontrado paralelismos con la situación actual?
Esas circunstancias son muy trasladables al ahora. Claro que los hay. Y juego un poco con eso. Es evidente que, a priori, estamos viviendo una situación en la cual hay un dirigente que ha decidido unilateralmente romper las fronteras establecidas porque tiene una idea de lo que es el espacio vital de los rusos. También Hitler tenía su famosa idea sobre el espacio vital de los alemanes. Hay quien no quería ver esto como una ofensiva que rompa el statu quo y que tenga que ver con una amenaza sobre los derechos y libertades de los europeos. Hay gente que cree que el pacifismo está por encima de eso. Hay partidos de izquierda, tanto en España como en Francia u otros países europeos, que creen que es más importante mantenerse con los brazos caídos, no querer participar en la lucha, que socorrer a los ucranianos en su batalla por mantener su país y la democracia que ellos querían construir. También hay similitudes con el tema de la cancelación y de cuál es el papel de los intelectuales, de en qué consiste ser valiente cuando la idea imperante es una y los intelectuales están viendo que hay otra cosa detrás. Y es incómodo decirlas. Romain Rolland es un ejemplo claro de eso. También con respecto a la cobardía y a la valentía, hasta qué punto individualmente nos podemos salvar o realmente hay momentos en los que todos nos necesitamos. Hay muchos paralelismos con este mundo neoliberal en el que parece que los egos y uno mismo es lo que importa, y nos entrenan para eso.

¿Quién es Romain Rolland?
Es un escritor que recibió el premio Nobel de Literatura en 1915 y que fue considerado el mayor pacifista durante la Primera Guerra Mundial, y en el libro aparece como mentor de Armand Rolzou. Escribió Más allá de la contienda y fue cancelado. Hay un momento dado en que él se posiciona entre Alemania y Francia, contra sus motivos. Entonces lo cancelan, y la novela por la que le dan el premio Nobel, que era la inspiración de las generaciones previas a la primera contienda, desaparece del mapa. Yo la he tenido que leer en francés porque en español no quedan ediciones. Fue un tipo súper interesante, amigo de Gandhi o Tagore —de hecho, es el primero que los traduce—, de Freud, de Stefan Sweig... un tipo que ha concitado a los intelectuales europeos, un gran europeísta. Me he leído todas sus memorias y es muy interesante porque refleja muy bien el papel de los intelectuales, como claman en el desierto, porque realmente lo que sucede entonces es que las clases dirigentes francesas y británicas creen que Hitler va a servir para aplacar al comunismo, y ya les va bien que alguien les quite ese problema de en medio. Él preside honorariamente el comité de intelectuales antifascistas de Europa, y cuando Hitler pacta con Stalin se da cuenta que hace falta una unión de las fuerzas democráticas para intentar oponerse a este avance de la barbarie. Y va cambiando un poco su posición pacifista hacia la necesidad de oponerse al atropello y al fin de los derechos humanos y las libertades de Hitler. Es un personaje que me ha fascinado mucho pero que prácticamente ha desaparecido de la historia intelectual. Es un tipo del que no se habla. 

¿Ahora hay menos intelectuales o referentes que se atrevan a posicionarse y decir lo que realmente piensan?
Evidentemente. Primero, creo que hay menos intelectuales. Cuando tú entras en la cotidianeidad de un hombre como este te das cuenta de hasta qué punto había personas con una riqueza espiritual, con una grandeza de ánimo y con una forma de plantear las cosas en la que cabía y se podía hablar de todo. Esto ahora se ve muy poco. Vivimos en un mundo en el que se considera valiente decir lo que piensas, siempre y cuando esto vaya en contra del lugar donde se supone que te han posicionado. Poca gente es capaz de posicionarse. También es una forma de animar a los que tengan la valentía de hacerlo, a decir las cosas de este siglo. Pero nada se hace sin penalización. En un momento dado la gente asume las penalizaciones, o antes las asumía. 

Yo he defendido durante siete años que se estaba deformando el estado de derecho para ir contra los catalanes y ahora tienes una avalancha de gente defendiendo la amnistía, pero no lo dijeron cuando tocaba

¿Tenemos ahora más miedo a la penalización pese a tener más recursos?
Es que esto pasa en todos los ámbitos. En el laboral: ¿dónde están los sindicatos? ¿dónde está la huelga? Todos los que hacían huelga corrían el riesgo de que les echaran. Y eso pasa en términos políticos también. Yo he defendido durante siete años que se estaba deformando el estado de derecho para ir contra los catalanes. Cualquiera que tuviera un poco de conocimiento jurídico se daba cuenta y nos quedamos seis diciéndolo. Ahora, de repente, tienes una avalancha de gente defendiendo la amnistía, pero no lo dijeron cuando tocaba. Esto es una constante en la historia. Son pocos los que se atreven a dar los pasos, pero luego el tiempo les da la razón.

Vuelve a asomar la actualidad.
Ni siquiera los autores sabemos explicar muy bien qué cosas se han mezclado en nuestra coctelera íntima para que luego salgan. Evidentemente, claro que en mi ánimo ha pesado esa sensación que teníamos todos de estar demasiado hartos de la ciudad, de la masa, de buscar una cosa más primigenia. Probablemente mi visión se vuelve hacia esto porque en mi espíritu, como en el de casi todos, se está viviendo esto. La ventaja de la literatura es que no te ves obligado a vivir siempre en la realidad como el resto del mundo, y de tener la posibilidad de vivir en un mundo más cooperador.

Tú muestras una sociedad más cooperativa y unida en el libro.
Yo estoy convencida que, como dicen los antropólogos, primigeniamente los seres humanos hemos llegado a este nivel de evolución porque somos una especie que colabora y que coopera. Y, sin embargo, ahora nos venden un mundo de individualidades donde todo el mundo es tu competidor. He construido un territorio donde las personas cooperan, tanto los que tienen más nivel económico como menos. Incluso hay una especie de sociedad algo socializada, porque si bien hay gente más rica y menos, también es verdad que a nadie le falta lo necesario: hay una especie de economato y un dinero en común para que todo el mundo tenga un mínimo para vivir. Es un experimento de sociedad más amable y con más justicia.

¿Pero eso no es una utopía?
Yo más bien creo que lo que vivimos ahora es una distopía. La explotación neoliberal de cada individuo y la competición absoluta es algo que ni siquiera en los años 80 se vivía como ahora. El neoliberalismo lo ha ido implementando. Yo me tengo que auto vender, pero el otro me come la tostada y entonces me peleo contra el otro. En el libro, uno de los personajes, Celso, dice que se da cuenta del tipo de sociedad a la que está llegando porque le recuerda a su infancia en su pueblo cuando todos acudían a ayudar y colaboraban en las tareas del campo de una forma comunal. Ese tipo de sociedad ha existido, no es una utopía.