Admiro a la gente que siempre sabe qué decir. No hablo de consejos infalibles en una charla íntima con una amiga de toda la vida. Aquí admiro quién quizás no lo sabe, quién quizás no encuentra lo que me puede servir. Tabucchi decía aquello de "no me dejéis solo entre personas llenas de certezas. Esta gente es terrible". Yo me refería a la charla social entre desconocidos (o poco conocidos) en cualquier encuentro más o menos largo, un acto de cualquier tipo: una comida, una fiesta o un trayecto en coche (quizás de los más terribles). Aquella charla de ascensor (en inglés no tiran de metáfora y las llaman "small talk") estirada como el chiclé kilométrico de Boomer que quedaba duro en la boca al cabo de diez minutos. Aquella charla supuestamente espontánea, de temas cotidianos en que no puedes profundizar (porque no conoces tanto a la persona para hablar de emociones, intimidades o vivencias compartidas) y que el mundo a veces te empujan a tener. ¿Vosotros habláis con la gente del ascensor que no conocéis de nada? Porque yo lo veo forzado e innecesario. No exagero: incómodo es buscar temas que te puedan unir, incómodo es el silencio, incómodo es ver que el recorrido se agota e, incómodo es estar convencido, antes de empezar, de que no sabrás qué decir.

¿Vosotros habláis con la gente del ascensor que no conocéis de nada? Porque yo lo veo forzado e innecesario

Sé que estas charlas son una manera de gestionar la distancia interpersonal (no es fácil gestionar la distancia interpersonal) y de evitar la incomodidad del silencio. Es cultural. En los países del Asia oriental estar callado es una forma de respeto y de reflexión, hablar demasiado se ve superficial y maleducado. Estoy de acuerdo con ellos, pero como he socializado en otra cultura, sé que tengo que hacer aflorar la conversación. Por eso admiro a la gente que encadena temas. Que sabe sacar lo que toca, sin implicaciones muy comprometidas, que hace de dj conversacional y sabe detectar el ph del ambiente y aquello que necesita; con detalles divertidos, con comentarios que rehúyen los lugares comunes. Que almohadilla el tiempo sin ningún esfuerzo.

En los países del Asia oriental estar callado es una forma de respeto y de reflexión, hablar demasiado se ve superficial y maleducado

Yo fracaso. ¿Qué tal, Clara, cómo estás? Bien. Y con un monosílabo ya te lo tengo todo explicado. Es la mezcla de timidez, de poca agilidad mental (cuándo se hace evidente todavía vas más lento) y de no estar nunca segura de si aquello que comentaré será una idiotez monumental. Me pondría una etiqueta en la solapa de la chaqueta: "No hace falta que hablemos, no pasa nada". Y alguien me haría una sonrisa cómplice porque sé que no estoy sola en este cometido molesto. Es una lástima no poder hacer como en el tren: ponerte a dormir o hacerlo ver por no haber de hablar con aquel medio conocido que se te ha sentado delante.

Preguntar para no hablar

Últimamente, me he dado cuenta de que llevo hasta las últimas consecuencias una técnica infalible: preguntar todo el rato, interesarme mucho por mi interlocutor. A todo el mundo le gusta que le pregunten por él, es mejor que los temas generales sobrevolando una mesa de pseudodesconocidos donde no sabes como intervenir. Las fuerzo tanto que puedo preguntar: ¿y cómo habéis venido? ¿y te levantas muy temprano, mañana? Absurdidades. Pregunto y, mientras me responden, pongo en marcha la maquinaria mental de producir nuevas preguntas, incluso perdiendo la oportunidad de oro de escuchar bien y que surjan de la misma conversación. A veces llevo cuatro o cinco preparadas de casa, como si fuera a la escuela. Lleno el tiempo, pero también puedo parecer una loca escrutadora. Aparte, la mayoría de mis interlocutores no son estúpidos y entienden que la conversación es un ping-pong, que también tienen que preguntar ellos. Y entonces yo, desubicada, cojo la incomodidad de la pregunta directa y contesto deprisa, dando pocos detalles, cayendo en lugares comunes y desperdiciando cuestiones en que me podría desahogar y gastar el tiempo lentísimo de aquel acto social.

Pregunto y, mientras me responden, pongo en marcha la maquinaria mental de producir nuevas preguntas, incluso perdiendo la oportunidad de oro de escuchar bien y que surjan de la misma conversación

Cuando me veis, si nos conocemos poco, por favor, contestad las preguntas que os haga. Ahora os diré si habéis visto Adolescencia, que da buenísimos resultados en este tipo de conversación, porque todo el mundo la ha visto y todo el mundo tiene alguna cosa por decir. Y si no, nos cogeremos a aquel proverbio chino que dice que "el silencio es un amigo que no traiciona nunca". Y bien tranquilos y bien callados.