“Lo dejo”. Sí, exacto. ¿Pero cómo lo vas a hacer siendo quién eres? Un periodista o un fontanero, cuando llega su hora, cuelga los bártulos y deja un oficio que les ha ofrecido la posibilidad de conocer gente y ganarse la vida para afrontar el pago de las facturas, pero en el fondo no le deben nada a nadie. Pero claro, cuando el operativo es otro, cuando de ti depende un núcleo de gente y hay tantas miradas puestas en ti, la cosa cambia. No es tan fácil. Ni tu mujer lo va a entender (aunque desee que eso suceda). Menos aún tu entorno. Aunque seas uno de los jefes. Pero en este caso, él es el jefe de los jefes. O sea, un escalón por encima. Y además, hay rivalidad, cuentas pendientes, celos estúpidos y muchas rencillas. Con esta idea, y con un patrón tan claro, Barry Levinson (Rain man, Sleepers, Bugsy…) juega unas cartas sencillas; a The Alto Knights —se estrena este viernes— le imprime ritmo desde el principio. Para qué vacilar, más si cabe cuando el público ya entiende qué es un gánster.

“Hay que acabar lo que se empieza”, le dice el mafioso a su lacayo. A ver, no es tan difícil, no le pide que aprenda a manejar un lanzagranadas, basta con pegar un tiro y acertar. Pero no. Y ahí, entonces, es cuando se lía parda. Si bien esto viene de antes, la cosa se complica cuando se quieren divorciar de ti y tu mujer entiende que ella no es como esos matones a los que manda; el negocio es suyo, la pasta es suya y el orgullo también. E involucra a quien haga falta (las escenas en los juzgados son fantásticas, incluso tienen un punto de comedia).

En definitiva, la guerra estalla entre Frank Costello y Vito Genovese. Ambos, por cierto, los interpreta un Robert De Niro brillante. Y ahí, en parte, está la gracia: son dos maneras de ver a un mafioso. Está el que no baja nunca la guardia (Vito), enfadado con el mundo y para el que las normas son invariables: el cotarro lo quiere dominar él. Es un justiciero en toda regla. Luego está ese que, como decíamos, cansado ya del negocio y del trapicheo, se quiere jubilar y pasear a sus perros (glamurosos ellos, con sus abrigos) por el parque. Está el que exagera y el que no. No en vano, los dos han sido igual de malos.

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Así pues, cuando te pegan un tiro y, afortunadamente, no aciertan, piensas que quizá no vuelvas a tener tanta suerte. Y que nadie abandona el barrio porque sí, no hay motivos que lo justifiquen. Incluso, en un momento dado te casas con la mujer que amas, pero esta es la época de la prohibición, y si fallas, enseguida te pillan y te meten en la cárcel. Pasas de la noche de nupcias a compartir celda con un preso al que han pillado amañando las series mundiales de béisbol. “Que Dios te bendiga”, dicen entre sí. A lo que responden: “Yo no, pero no pasa nada”. Eso es, que no falte el humor, aunque te juegues la vida. De hecho, cuando sales en portada del Time como objetivo persecutorio, lo único que importa es si la foto es un primer plano o si te han sacado o no con papada. O enseñar a los más cercanos los trucos de un buen gánster: si confías dinero a alguien, dale de más. Si te devuelve lo que sobra, confía en él. Si no, estate atento porque te la va a querer jugar.

En cualquier caso, en esta película basada en hechos reales, la trama no ofrece dudas: combate totalmente el aburrimiento, el ritmo es endiablado. Los personajes tienen gancho, el paisaje de la ciudad y su colorido es incontestable, cada decisión que toman tiene una razón y, por otro lado, exhibe la torpeza de unos mafiosos que en un momento dado se reúnen para el cambio de jefatura y, claro, les pillan in fraganti (hace mucha gracia verles escapar campo a través). Mientras, el más listo, hace tiempo decidiendo si prefiere comprar manzanas McIntosh o Granny Smith.

La trama no ofrece dudas: combate totalmente el aburrimiento, el ritmo es endiablado

En lo que no hay dudas es en la música, prefieren a Louis Prima y Keely Smith antes que a Little Richard. “¿Puedes creer que esto sea un éxito?”, le dice Frank a su mujer. Por cierto, los dos papeles femeninos son muy potentes (siempre un tanto relegadas a un segundo plano en este tipo de películas), tanto Debra Messing (en sus inicios hizo más comedia y participó en dos filmes de Woody Allen) como Kathrine Narducci (ya hecha a este género, la vimos en Los Soprano, El irlandés o Una historia de Brooklyn). Así que, la moraleja es: ¿es preferible desenterrar biblias de oro o cultivar rosas porque sale más barato que cuidar un caballo? Los dos De Niro (el hiperventilado y el más sosegado), tienen la respuesta a todo esto.