Su agenda sería un desafío para cualquiera. “Estoy agotado”, exclama tras estrecharle la mano y preguntarle cómo está. “Yo qué sé, me hago mayor, cumpliré ahora 59, y como me puse de moda... La gente me lo dice: «Qué de moda estás». Y ostras, es que llevo un ritmo huracanado. Y me agoto. Yo podía con todo y ya me lo decían mis hermanas, un día te pasará, llegarás a casa y no podrás moverte. Yhostia, me pasa, llego y no puedo con mi alma”.
Empatía total teniendo en cuenta el tute que lleva Luis Zahera (Santiago de Compostela, 1966) desde que el éxito de las series Vivir sin permiso y Entrevías, y sus dos Goya por El reino (2018) y As bestas (2022), le convirtieron en uno de los actores más codiciados del país. Poco cansado nos parece viendo la cantidad de personajes que ha encarnado en los últimos siete años: trece películas y nueve series, más algunos cortos y una permanente gira con su monólogo Chungo, que en mayo le volverá a traer a Barcelona.

Ahora presenta Tierra de nadie, un vibrante y testosterónico thriller que ha entrado con muy buen pie en la taquilla, con más de 60.000 espectadores en su primer fin de semana en las salas. Dirigida por el catalán Albert Pintó (Nowhere), esta es la historia de tres viejos amigos atrapados por el drama del narcotráfico, cada uno desde su lugar, a uno y otro lado de la ley. Situada en la costa gaditana, la premisa de la película podría tener algo de chiste: saben aquell que van un gallego, un vasco y un andaluz, todos ellos con una tirita en la cara...
Lo explicamos: en la película, Zahera es un capitán de la Guardia Civil que detiene a los tripulantes de una lancha cargada de hachís, y en la resistencia al arresto recibe un cabezado en la nariz. Jesús Carroza es el depositario judicial que debe custodiar la lancha en cuestión, y que recibe un puñetazo en un intento de robo. Y Karra Elejalde es un viejo contrabandista vasco que aterrizó en Cádiz años ha, y que ahora ve cómo los cárteles de todo el mundo convierten el tráfico de drogas en un reguero de sangre, incluso, cuchillo mediante, en su propio rostro. “En la primera entrevista que tuve con Albert Pintó me dijo que tenía la idea de que los tres fuéramos con heridas en la cara. Me decía que yo me pasaría la película como un mapache, con los ojos negros, la nariz hinchada y una tirita. Yo pensé que era un flipao, que no le dejarían, porque eso es mogollón de tiempo de maquillaje, el raccord... Tiene unas ideas muy brillantes que defiende desde el niño que lleva dentro”.
Tierra de nadie es entretenimiento puro y duro, con aires de western y una bonita historia de amistad
Me ha gustado mucho la película. Tiene muy buena factura, un reparto estupendo y es entretenidísima
¡Qué bueno! Es una película comercial, cine de consumo, palomitero. Entretenimiento puro y duro, con aires de western, de suspense, de thriller. Y con una historia bonita de amistad, de hombres que también lloran, con una emotividad hermosa. Tengo mucha fe en la película, el rodaje fue estupendo, y creo que Albert Pintó es un tipo con talento.
¿Se nota, ya en rodaje, que se tiene algo especial entre manos?
De entrada ya me gustaba mucho el reparto, sinceramente. Karra, Vicente Romero, Jesús Carroza... Ya habíamos trabajado juntos, y me entiendo muy bien con ellos. Y de verdad que me fascinó la energía de Albert Pintó. Pintó pinta muy bien, aglutina al equipo y tiene una magia, un toque especial, es como un niño chico y es maravilloso rodar con él. Yo cada vez creo más en las energías que transmiten los directores, algo que valoro, que suma y me llena, y la suya es maravillosa. Y tiene una expresión que dice cuando va acelerado: sking, scan, scramble. Al principio, Karra y yo no entendíamos nada, y nos mirábamos como pensando que Albert no se enteraba mucho, pero... es la pasión, está muy bregado, tiene el plano muy claro, es rápido rodando, y es como un niño el día de Reyes.

La película lo tiene todo para funcionar en taquilla.
Bueno, a ver cómo va. Antes veías Blade Runner y estabas un año hablando de ella. Ahora todo va muy rápido, todo vuela. Los actores ya no sentimos la presión de que una película vaya bien o mal, porque estamos en la rueda del hámster, saltando de un trabajo a otro. También es verdad que siempre curramos los mismos, este es un circuito un poco cerrado, pero hablas con uno y tiene cinco películas, hablas con otro y tiene dos películas y dos series...
Eso le da más valor a que haya personajes que hoy pervivan en el tiempo, como el de As bestas. Aquello del “te aburrimos, francés” es ya cultura popular.
(risas) Hay una parte mágica, sí. Mira, yo siempre cuento lo mismo de As bestas. Era la tercera vez que trabajaba con Rodrigo Sorogoyen, y que Dios me perdone, porque durante el rodaje pensaba que qué aburrimiento de película estábamos haciendo. Una peli de autor, con escenas de doce minutos, con esas distancias entre los personajes, aquel bar lleno de mierda... Y yo decía: ¿Pero esto qué es? Una historia superatomizada en ese pueblo,ese crimen. Nunca sabes, nunca sabes.
Volviendo a Tierra de nadie, ¿qué me podrías decir de tus compañeros de reparto?
Karra Elejalde es un maestro del que aprendes constantemente, y el compañero más divertido que hay en el mundo. Luego también está el grandísimo Vicente Romero, que para mí tiene la mejor escena de la película, la del puente, eso es tela marinera. Es un actorazo, palabras mayores, Vicente. Y Jesús Carroza es un actor extraordinario, coincidimos en Celda 211 y lo quiero con locura. Pero tendría que divertirse más, porque es un actor que tiene una cosa como de sufrir un poco. Karra y yo nos reíamos un poco de eso...
En esta profesión hay que arriesgar. Siempre intento matizar a los personajes y hacerlos únicos
Bueno, en la película también es el que más sufre.
Hostia, gracias por este cable que me acabas de echar (risas). Sí, Jesús sufría porque estaba muy metido en el personaje, efectivamente.
Puede que esa mirada tenga que ver con que Karra y tú estáis de vuelta. ¿Te notas más suelto, más desmelenado, que hace veinte años?
Sí, absolutamente. Ahora me divierto más. Antes era todo importantísimo, y ahora, si cinco minutos antes de rodar una escena me dicen que la hacemos debajo de un camión, pues... Perfecto, tío, si lo tienes claro, nos metemos debajo del camión. Confío mucho más en la gente y me desmelené, sí. Hay que relativizar y adaptarse.
En ese sentido, tengo la impresión de que un éxito tardío, como el tuyo, se digiera mejor si llega en un momento vital en el que se relativizan las cosas.
Sí, sin duda. Creo que contribuye para bien. Mis hermanas siempre me dicen que si el boom me hubiera llegado con 20 años, estaría como una maraca. Yo siempre tuve la sensación de estar en el sitio adecuado en el momento justo. Cuando empecé llegaron las televisiones autonómicas, y empecé en la gallega. Luego, cuando me fui a Madrid a hacer episódicos, arrancaban Antena 3 y Telecinco. Y cuando ya era un poco popular, llegaron las plataformas. El momento justo. Y cuando con más de 50 años me señalaron con el dedo Sorogoyen con sus películas y Jose Coronado con las series... Fue la suerte, el azar. Y sí, ahora vivo un momento dulce. Pero en esta profesión eso sucede por una mezcla entre el azar y que te elija la gente, el público. Yo veo a actores y actrices magníficos y pienso en cómo es posible que no estén trabajando diez veces más que yo o que no sean portada de revistas.

¿Nunca te has intentado explicar el motivo de tu éxito popular? Yo diría que el carisma tiene que ver...
No lo sé. Está claro que hay algo, no sé el qué, que el público detecta y te eligen. Es verdad que noto que le caigo bien a la gente. Mira, a mí me sorprendió muchísimo cuando hacía Vivir sin permiso: un personaje que mataba a todo Dios, que traficaba con toneladas de cocaína, y resulta que la gente en la calle me decía que en su vida quería tener a un Ferro (el nombre del personaje). Solamente se fijaban en que ese tipo era fiel. Entonces hay algo, sí, yo no me atrevo a llamarlo carisma, pero te lo agradezco. Es una lotería.
Algo de talento también habrá...
Mira, hay una cosa que puedo decir en mi defensa, y que siempre la he llevado muy a fuego: en esta profesión hay que arriesgar. Yo a los actores y actrices jóvenes les digo que, en la medida de lo posible, intenten arriesgar. Si no ves algo claro en tu personaje, si está desdibujado, apórtale algo propio, intenta matizarlo, dibujarlo, hacerlo bonito. Arriesga, involúcrate, sumérgete. No sé, es lo único que se me ocurre en mi defensa, porque eso siempre lo hice.
No hay nada como el teatro. Nuestro trabajo es entretener, y la gente ríe con mis estupideces
Hemos comenzado hablando del agotamiento. ¿Has pensado en bajar el pistón?
Sí, creo que tengo que frenar un poco, bajar el pistón. Pero tendría que ir a un psicólogo para aprender a decir que no, porque tengo dificultades para decir que no.
Es difícil decir que no a trabajar con Marion Cotillard, con la que acabas de rodar Karma, o a Dani de la Torre, tu director en la serie La Unidad con quién has repetido en Zeta.
Con Dani hemos hecho un 007, un James Bond español, una película de acción con Mario Casas, en la que por suerte hago de bueno. Porque ya hice de malo durante muchos años, y ya me tocaba. Virgencita, que me quede como estoy. Y lo de rodar con Marion Cotillard es uno de esos regalos que te da la vida y que no te esperas. Hacemos una escena preciosa en la que ella se desmorona... Un regalo, sí.
Termino. ¿Qué te da la eterna gira que lleva Chungo a los teatros de toda España?
No hay nada como el teatro, aunque sea un monólogo. La tradición del cuentacuentos. Llevo haciéndolo desde 2008, primero en formato pequeño, en bares y tal. Y me da mucha satisfacción, porque nuestro trabajo es entretener, y la gente se ríe con mis estupideces. El monólogo es Luis Zahera poniendo en ridículo a Luis Zahera. Hablo de mi padre, de mi madre...
Ahora que citas a tu madre, recuerdo de una frase suya que me dijiste en otra entrevista: en tu profesión, de lo que se trata es de hacer el tonto.
Sí, eso lo cuento en el monólogo. La primera vez que me vino a ver al teatro, me dijo: «Qué bien haces el tonto». Y aquello se me quedó grabado. Si lo decía mi madre, esto va a misa. Sin duda, se trata de hacer el tonto.