La presencia del sobrenatural y la hechicería en la tragedia de Macbeth liga muy bien con la estética de cabaré gótico de The Tiger Lillies. La banda londinense ya hace meses que trabaja con la compañía La Perla 29 para hacer casar los dos universos en A Macbeth Song, un espectáculo dirigido por Oriol Broggi que podéis ver en el Teatre La Biblioteca hasta el 13 de abril. La propuesta, íntegramente en inglés, penetra la esencia de ambición y maldad de la denominada "obra escocesa" de William Shakespeare. Lo hace con una veintena de canciones inéditas y momentos de gran teatro. El muro tras la tarima de los músicos se llena del trabajo videográfico multicapa urdido por Francesc Isern, además de unos subtítulos muy legibles que juegan con los tamaños, densidades y transparencias. Contribuyen decisivamente a la magia el cuidado espacio sonoro de Damien Bazin y la eficaz iluminación de Pep Barcons.

Matar, mentir, enloquecer
Enric Cambray, Màrcia Cisteró y Andrew Tarbet son los tres fabulosos actores que componen múltiples personajes y efímeras escenas en esta acertada síntesis o destilado de la acción y el verbo shakespearianos. Lo que importa son los sentimientos, amplificados por la música. Las canciones abordan cuestiones como la locura, la traición, el miedo y la culpa, que se afilan en cáusticos estribillos de monosílabos repetidos con mucho gancho: kill, kill, kill; lie, lie, lie; mad, mad, mad. Martyn Jacques, carismático compositor y vocalista con voz de falsete y carcajada tenebrosa –también toca el piano, el acordeón, el ukelele, etc. –, y los instrumentistas Adrian Stout –contrabajo, sierra musical– y Budi Butenop –batería, percusiones– nos reciben muy metidos en su papel de brujas tentadoras que tienen que instilar en el protagonista el veneno de la ambición.
Con aires de cabaré expresionista, letras incisivas y un ritmo endemoniado, los músicos extrapolan el mal macbethiano a toda la condición humana
Después de una simpática captatio –son siniestramente cálidos, estos anfitriones–, los músicos entran a describir el gobierno del mal en el mundo. Emplean letras incisivas, aires de cabaré expresionista y un ritmo endemoniado. Un soldado moribundo (Cambray) es arreglado como un títere por los brujos y sus sonidos, que determinan los estertores y avivamientos, en un juego bufonesco que nos acerca al tono de farsa trágica del Macbett de Ionesco. Por otra parte, las imágenes bélicas cantadas reenvían en una especie de totum revolutum de las tragedias shakespearianas -My kingdom for a horse, dice el actor, como si fuera Ricard III-. La rueda del Gran Mecanismo ‒como llamaba Jan Kott al ciclo de acciones y comportamientos que se repite inexorablemente en la obra del bardo inglés‒ nos acabará aplastando a todos.
El texto shakespeariano ha quedado reducido a las escenas y parlamentos más emblemáticos, que brillan mucho en este contexto. Muy pronto se impone la célebre invocación de Lady Macbeth, que llama a los espíritus para que le espesen la sangre y hagan que la noche sea más oscura que el infierno. Cisteró hace de gran instigadora y forma una imponente pareja con Tarbet: ¡qué bien les sienta el poder! En el último acto, veremos el enloquecimiento sonámbulo de la dama con las manos manchadas de sangre. Antes, sin embargo, la actriz arrastra una larguísima tela blanca como prefiguración del sudario interminable que cubrirá el reino de Macbeth.
El compendio de acciones y temas, redimensionado por la música, nos habla directamente a las emociones, a la entraña
Entre los imaginativos hallazgos de la versión y dirección de Broggi, hay que mencionar el divertidísimo intercambio metateatral en que los dos actores se disputan el papel protagonista. También destaca la ingeniosa translación escénica del puñal que, en sueños, dirige su mango a la mano de Macbeth, así como la cruz boca abajo que blande el batería para referirse muy gráfica y simbólicamente al mal. Y resulta enormemente cómica la entrada de Malcolm y MacDuff -Cisteró y Cambray, ahora con un marcado acento escocés–, dispuestos a derrocar a un rey que, según cantan los Tigers, mata por diversión –y por compulsión–. Los actores escenifican, con gestos hiperbólicos y ojos abiertos de par en par, toda una serie de destripamientos y apuñalamientos al más puro estilo del imaginario gótico londinense.

A Macbeth Song es un espectáculo brillante, lleno de fuerza y humor; una fábula sobre el mal que empieza y acaba como un concierto, y que se ve continuamente expandida –comentada, remachada– por las letras de Martin. El compendio de acciones y temas, redimensionado por la música, nos habla directamente a las emociones, a la entraña. En cuanto a los actores, sensacionales y del todo entregados a la causa, celebramos que Tarbet haya tenido ocasión de lucirse, tanto en el tormento enajenador como en el registro clown; Cambray se revela también excelente, y nos enamora Cisteró, más gótica que nunca. Los músicos –bufones, cuervos o brujas– extrapolan el mal macbethiano a toda la condición humana – el infierno está vacío, porque los demonios están todos aquí"–, y tienen un recuerdo condenatorio para los tiranos impunes de nuestro tiempo. Entre risotadas siniestras, advierten que ni Macbeth es indestructible. Su dark cabaré que oficia las tinieblas -hell, hell, hell- resulta el envoltorio idóneo para una teatralidad muy pura y muy directa.