Hacia la media hora de Sorda (película que hoy llega a las salas de cine), y en la que probablemente sea la escena más tensa de la película, la protagonista vive algunas complicaciones en el caótico proceso de parto de su bebé. Mientras la ginecóloga y los sanitarios tratan de hacer su trabajo, también apartan al padre de la criatura, la única persona de ese quirófano que conoce el lenguaje de los signos y es capaz de que la madre no se deje abatir por la mezcla de pánico y nervios, agravada por la falta de comunicación, en un momento tan trascendente en la vida de una pareja. Cabreada por la rigidez de un sistema que, según las circunstancias, es incapaz de evitar la violencia obstétrica, Ángela arranca la mascarilla de la doctora, mirando, al menos, de leerle los labios.

Podríamos resolver que la Sorda del título se refiere a la protagonista, pero no es atrevido afirmar que señala también a la sociedad que la rodea

La secuencia en cuestión es de una enorme relevancia en una película llena de instantes que manifiestan la insensibilidad y el pasotismo de una sociedad que deja de lado a tanta y tanta gente que vive con lo que llamamos discapacidades. Podríamos resolver que la Sorda del título se refiere a la protagonista, pero no es atrevido afirmar que señala también a la sociedad que la rodea, a ti, a mí, a todos. Porque parecemos incapaces de escuchar, de atender, de ver que los dejamos de lado constantemente, que no levantamos ninguna de las barreras que, en este caso, las personas no oyentes se encuentran en su día a día. Que no tratamos de hacer algo menos complicada su cotidianidad.

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Hoy llega a las salas de cine el filme de Eva Libertad, Sorda

Un retrato lleno de humanidad

La escena del parto marca un punto de inflexión en un film que podrían ser dos: antes del nacimiento de la niña, los protagonistas parecen haber encontrado un equilibrio. Desde el precioso inicio del relato, en el que comparten baño en una poza e, inmediatamente después, y tumbados en la cama entre caricias cómplices, se proponen mutuamente nombres para el bebé que viene en camino, Sorda nos muestra a una pareja, él oyente y ella no, profundamente enamorados, ajenos a cómo su vida está a punto de girar como un calcetín. Porque si esta ya es una consecuencia universal para cualquiera, todo se agrava ante la sordera de una madre que, en otro paradigmático instante, se pierde ese mágico momento en el que una criatura pronuncia su primera palabra.

Los miedos ante la maternidad, tan lógicos como terribles, tan comunes como profundos, se multiplican en la singularidad, y son uno de los ejes de la película

Tras el nacimiento de la pequeña Ona, la celebración se transforma enseguida en tirantez y desacuerdos, en quejas y celos, en malentendidos y mal rollo. Las íntimas contradicciones de Ángela no son las de Héctor, el padre, que se esfuerza en que la recuperación de su mujer sea lo más rápida posible. Los miedos frente a la maternidad, tan lógicos como terribles, tan comunes como profundos, se multiplican en la singularidad, y son uno de los ejes de la película. Pero no solamente: sustentada en las experiencias compartidas por las hermanas Miriam Garlo (la actriz protagonista, y sorda) y Eva Libertad (la directora y guionista, y oyente), la estructura narrativa pone otro de sus focos en la hostilidad social, la médica pero también la familiar, la de los amigos, la escolar. O incluso, en un paradójico momento que vuela la cabeza, la de una tienda de audífonos en la que trabaja un dependiente que no habla la lengua de los signos. Que la protagonista se niegue a comprar unos no hace más que manifestar que quizás este sea un invento más pensado en facilitar la vida del entorno directo que la de la persona sorda.

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Escena de la ópera prima de Eva Libertad, Sorda

En esta colección de discriminaciones sin paliativos y sobre los que no prestamos atención, la violencia social llega al paroxismo cuando la protagonista y su pandilla de amigos sordos sale de fiesta y, mientras bailan en la pista de una discoteca, un grupo de cretinos se burla de su forma de comunicarse. Todo este elemento, podríamos llamarlo, didáctico de la película, es más una consecuencia de nuestro desconocimiento que un objetivo por sí mismo. Y, obviamente, sería bueno tomar nota, y aprovechar los puentes que la ficción permite. Pero Ángela no quiere ser representativa de otra cosa que de sí misma. La sordera es una capa más de un personaje con sus luces y sus sombras, tan real, tan verosímil, con tanta verdad, como cualquier otro. Y es en ese contexto en el que Miriam Garlo se revela como una actriz magnífica, mucho más allá, muchísimo, de su supuesta limitación. Y explotando una fabulosa química con un entregadísimo, y también sensacional, Álvaro Cervantes.

Es esta una de las claves de Sorda: proponer un retrato lleno de humanidad de una mujer que vive una circunstancia particular, acercándose al tema de la discapacidad sin ninguna lectura paternalista ni condescendiente, huyendo en todo momento de caer en la demagogia o el sentimentalismo, narrando desde la austeridad, pero armada de una delicadeza y un respeto que acerca a la directora Eva Libertad a otras cineastas que recientemente han hecho retratos de personajes femeninos llenos de sensibilidad, de Pilar Palomero a Carla Simón, de Estíbaliz Urresola a Alauda Ruiz de Azúa, de Mar Coll a Clara Roquet.