Aunque es cierto que toda persona —y, por lo que estamos acostumbrados, mucho más los políticos— tiene todo el derecho a dar la vuelta como un calcetín a sus actos pasados y a sus compromisos públicos, no deja de ser sorprendente, por utilizar un adjetivo suave, ver y escuchar al ex president de la Generalitat Pere Aragonès hablar en la Universidad Yale, en New Haven, Connecticut, Estados Unidos, sobre su experiencia en "desescalar conflictos secesionistas" y sobre "el papel del liderazgo político en la restauración de la estabilidad". Sobre todo porque no ha pasado tanto tiempo desde que fue investido el 20 de mayo de 2021 por el Parlament de Catalunya como president de la Generalitat con el siguiente compromiso público con los 64 parlamentarios que le apoyaron —33 de Esquerra Republicana, 32 de Junts per Catalunya y 6 de la CUP— y, por extensión, con el pueblo de Catalunya: "Quiero ser presidente de la Generalitat para culminar la independencia de Catalunya, para hacer inevitable la amnistía y para ejercer con total libertad el derecho a la autodeterminación, gobernando para toda la ciudadanía, para el país entero".

Ninguna de las tres cosas fue posible y aunque, lógicamente, tiene que aparecer como el principal responsable en función de su cargo, tampoco fue el único culpable. Pero hacer de su fracaso político, que comportó para Esquerra Republicana la presidencia más volátil en la historia reciente de la democracia en Catalunya, y su retroceso al tercer lugar en el Parlament con un resultado electoral deplorable, de rebote también la pérdida de la mayoría independentista en la cámara catalana, un legado y una lección sobre cómo se "desescalan conflictos secesionistas" es, cuanto menos, muy atrevido. Sobre todo porque equivale a proclamar a los cuatro vientos que dijo una cosa y acabó haciendo otra. Sería, por poner un ejemplo, como si el president Salvador Illa, que se ha presentado con un programa en el que propone superar el pasado y trenzar unas nuevas relaciones con España, hiciera un referéndum de independencia y una vez fuera del cargo diera conferencias sobre cómo se pasa en un territorio de la autonomía a la independencia.

Que Aragonès haga de su fracaso político un legado y una lección sobre cómo se "desescalan conflictos secesionistas" es, cuanto menos, muy atrevido

Si no hubiera adelantado las elecciones, inexplicablemente para sus intereses y los del espacio político en el que supuestamente se le encasilla, bien podría darse el caso de que este domingo, 2 de marzo, se estuvieran celebrando las elecciones catalanas, ya que estaríamos dentro del plazo de cuatro años de las celebradas el 14 de febrero de 2021. Un error de perspectiva abrasó su futuro político y, por ende, el de su partido, al menos, este último, durante un cierto tiempo. Lo que se ha encontrado Oriol Junqueras al recuperar la presidencia de Esquerra dista mucho de lo que dejó al entrar en prisión y ahora, después de la guerra civil que vivió hasta hace unos meses el partido, ya hay suficiente información conocida para alejar muchas de las decisiones adoptadas en los últimos tiempos por los republicanos de su impronta política. Es normal que esta acusación moleste a los partidarios de Marta Rovira y Aragonès, pero tampoco es justo que Junqueras, que ha cometido errores, como todos los políticos independentistas, cargue con una responsabilidad que no es exactamente la suya.

La situación política en Catalunya es actualmente muy diferente a la de entonces. Lo es en el Parlament, pero también lo es en la calle, aunque siempre respecto a esto último hay prismas diferentes de verlo. Y, obviamente, cada formación política tiene su receta para acercarse a los que se podría denominar desencantados para sacarlos de la abstención. Nada apunta a que hoy, unos meses después de las elecciones catalanas del pasado mes de mayo, la bolsa de indecisos de los que en un momento dado otorgaron una mayoría a los partidos independentistas estén dispuestos a volverse a reenganchar a estas formaciones. No es un tema de encuestas, sino de percepciones, algo, sin duda más impreciso, pero no por ello menos evidente. En parte, porque fijar un rumbo desde la oposición no es nunca tarea fácil y es mucho más difícil cuando el Govern actúa cohesionado, tiene el impulso de gobernar en las principales administraciones —España, Barcelona, diputaciones, ayuntamientos metropolitanos, etcétera— y no deja grandes rendijas por las que otro pueda explotar un discurso ilusionante en una ciudadanía que no encuentra motivos para ello.