Tal día como hoy del año 818, hace 1.207 años, en el arrabal de Saqunda, en Córdoba (en aquel entonces capital del emirato de al-Ándalus), estallaba una revuelta popular organizada contra el poder, que duraría varios días y que se saldaría con la muerte de centenares de sublevados y la destrucción de su barrio. El arrabal de Saqunda, situado sobre un meandro del río Guadalquivir y en el arenal opuesto a la Medina, estaba poblado por artesanos, mercaderes y funcionarios de etnia indígena: hispanos que se habían islamizado después de la conquista árabe (711), pero que conservaban la lengua románica (el latín vulgar de la zona) y la identidad de grupo autóctona (una conciencia de origen diferenciado).
El arrabal de Saqunda, a diferencia de la Medina, estaba dispuesto sobre el terreno en calles trazadas de forma rectilínea, paralelas y perpendiculares, que formaban manzanas regulares cuadradas. Este trazado era una herencia de la tradición urbanística romana, que, con la caída y fragmentación del estado romano (siglo V) y el establecimiento de las nuevas realidades visigótica (siglos V-VIII) y árabe (a partir del VIII), no solo no había desaparecido, sino que se había reforzado como un elemento de identidad de grupo. Por otra parte, el Gran Zoco no estaba en el interior de la Medina, como en la mayoría de las ciudades musulmanas, sino que se encontraba en un extremo del arrabal de Saqunda.
La espoleta que hizo estallar aquella revuelta fue el brutal incremento de la tributación, que el emirato, con el pretexto de sostener al ejército que combatía la presión carolingia en el valle del Ebro y astur-leonesa en el valle del Duero, gravaba sobre las clases artesanas y comerciantes urbanas. Pero, en realidad, aquella revuelta obedecía al descontento de la mayoría indígena islamizada —el corpus mayoritario de la sociedad andalusí—, que, a pesar de su conversión a la nueva religión dominante, había quedado relegada a la base de la pirámide social, por detrás de los propios árabes (las nuevas élites) y de los beréberes (beneficiarios de las confiscaciones a la resistencia visigótica).
La revuelta se extendió por todos los arrabales de la ciudad (poblados por la sociedad indígena) y estuvo a punto de provocar la caída del emirato. Pero la sanguinaria reacción del emir Al-Hákam I y de su ejército impidió a los sublevados culminar su objetivo. La posterior represión se prolongó durante semanas y el arrabal fue literalmente arrasado y nunca fue recuperado. La población que sobrevivió a aquella brutal represión emprendió dos caminos. Los cristianos que conservaban su fe se refugiaron en los condados carolingios catalanes y en el reino de León. Y los musulmanes emigraron hasta la isla de Creta, la pasaron a dominar y crearon un emirato independiente.