Por un abanico de motivos incalculables, hay una parte del mundo culturalmente católico que ha desconectado de la Iglesia. No haré juicios morales sobre como de justos o injustos son estos motivos, porque cada uno se sabe los suyos y porque en el fondo de la decisión —si ha sido consciente— puede haber una parte nada negligible de experiencias y circunstancias personales. Íntimas, incluso. El hecho, sin embargo, es que, a raíz de todo aquello que la Iglesia no ha hecho bien —tampoco dentro de su compás moral del bien y el mal, de hecho—, relacionarse con ella desde el prejuicio ha sido la opción de todos aquellos que han desconectado. Un prejuicio que tiene una parte de juicio porque son opiniones sobre hechos reales, no preconcepciones. Pero prejuicio, porque el juicio sobre aquello pasado —o presente— siempre tiene una mirada prejuzgosa sobre el futuro. Justa o injusta, ya he dejado escrito que se hace difícil de decir porque con la Iglesia cada uno se sabe lo suyo y no hace falta negar ninguna realidad. Esto —me parece— sí que no sería justo. Escribo esto porque el retorno que la Iglesia ha obtenido por sus faltas ha sido la condición de ser tratada desde el prejuicio. O, como mínimo, el de una tendencia a ser tratada superficialmente. Mediáticamente, y dejando de lado la relación que cada uno haya o no haya querido tener con ella, eso se acaba traduciendo en una caricaturización de la figura del santo padre. Ahora que la figura del papa Francisco es un tema a tratar en todas las redacciones del mundo, es un buen momento para hablar de ello.

Jorge Mario Bergoglio ha sido y es un papa diferenciado por su talante sencillo y por su habilidad de hacer entender su abertura al mundo, a este mismo mundo al que está abierto. Como cualquier santo padre, tiene virtudes y defectos. Precisamente, de hecho, porque cualquier santo padre tiene virtudes y defectos, la tendencia de ciertas corrientes católicas de etiquetar a este santo padre o el otro santo padre de "mi papa", en función de sí individualmente han conectado más o menos, tiene un punto de absurdo. Si eres católico, "tu papa", en principio, lo tendrían que ser todos. Porque de hecho te representan todos. Este clericalismo confrontativo es fruto de perder de vista el objetivo final de la Iglesia y confundir adversarios, y es una posición común tanto en las facciones más progresistas como en las más reaccionarias de la Iglesia. De hecho, es en esta manía de "matar" al santo padre cuando no les parece de su cuerda que se parecen. Dicho esto, el caso es que las virtudes del papa Francisco han destacado especialmente por contraposición. Y no por contraposición en abstracto: lo han hecho en contraposición con los defectos de su predecesor, Benedicto XVI. El trato superficial que mediáticamente se da a los santos padres —sobre todo desde la prensa no religiosa y desde la opinión de algunos vaticanólogos"— ha generado una imagen de antagonismos entre las figuras de los dos últimos papas. El hecho, sin embargo, es que ambos tienen un fondo común, y que la construcción de un imaginario en que sus figuras representan posiciones enfrentadas capaces de destruirse sin tener en cuenta el común por el que velan, para cualquier católico que entienda las prioridades de la Iglesia y que tenga un poco de perspectiva histórica, es una ficción.

Si alguien pensaba que un santo padre rompería con los valores del catolicismo, es que habla desde fuera de la realidad que quiere describir

Cuando hablo de tratamiento mediático diferenciado no bebo de teorías conspiranoicas sobre una posible cruzada del periodismo común contra la Iglesia. No es de lo que quiero hablar porque aderezaría un catastrofismo que no casa con el carácter esperanzado con que se tiene que hablar de ciertas cosas. Y por qué no creo que funcione así. El tratamiento mediático diferenciado no se basó ni se basa, en ningún caso, en una manipulación del mensaje que profieren las figuras papales, sino en una manera de poner el acento y hacer noticia de determinadas consignas y no hacer noticia de otras consignas basándose en la caricatura que la superficialidad con que se trata la figura papal en cuestión ha engordado. La distancia entre la Iglesia y una parte de la sociedad tiene este efecto, por eso me parece que, para muchísima gente que solo se relaciona con la figura del santo padre desde aquello que sale en la prensa, Benedicto XVI fue el papa "malo" y Francisco habrá sido el papa "bueno". Y de hecho les parecerá imposible que formen parte de la misma Iglesia. Sus diferencias, sin embargo, han sido más de carácter personal —con respecto a virtudes y defectos— y más de talante, de su carisma dentro de la Iglesia y de su manera de evangelizar, que de hechos y cambios sustanciales.

En el caso del papa Francisco, este tratamiento mediático y esta contraposición de figuras han llevado a una confusión de deseo y realidad. El otro día leía una noticia de RAC1 donde se decía que el papa Francisco "había roto con algunos de los valores del catolicismo", sin ir más lejos. Cuando hablo de la distancia entre la figura mediática que la prensa ha hecho de él y la realidad, hablo de eso. El papa Francisco ha hecho muchas cosas de una manera innovadora y diferente de como las habían hecho sus predecesores, sin embargo, si alguien pensaba que un santo padre rompería con los valores del catolicismo, es que habla desde fuera de la realidad que quiere describir. La caricatura que se ha hecho del papa Francisco ha ido por aquí, y aunque sea cierto que el santo padre ha dicho y hecho cosas que no han sido del gusto de todos dentro de la Iglesia —como hace y dice, repito, cualquier papa—, la caricatura de progresismo magnificada no permitirá leer bien aquello que suceda después de su papado, que posiblemente será un efecto péndulo. Un efecto péndulo, claro está, que será a su vez magnificado. Y así es como seguirá la distancia, la desgana y la superficialidad, y los interesados en las batallitas clericales de mochileros y reaccionarios pasados de vueltas tendrán material para recriminarse. Un material, por cierto, que en algunos casos vendrá de un tratamiento mediático, otra vez, superficial y vago. La verdad es que a mí estas cosas siempre me han parecido muy aburridas.