La decisión de rearmar a los 27 estados de la UE, propuesta por la Comisión Europea, se basa en una inversión conjunta de 800.000 M€ (650.000 M€ de fondos estatales que no computarían para el cumplimiento de las reglas de estabilidad presupuestaria y 150.000 M€ de créditos de la UE a los Estados miembros —EM—) y tiene su origen en la decisión de la extremista Administración Trump de no asumir la defensa europea y pactar paz y modus vivendi en Ucrania con el régimen autoritario ruso de Vladímir Putin.

¿Va por buen camino la UE? Parece que no, porque la decisión no está basada en un diagnóstico de peligros y debilidades y en un análisis de recursos y fortalezas. Pero conviene que analicemos pormenorizadamente los dos elementos que mueven a Europa —dicen— de cara al rearme. La —cuanto menos— parcial deserción de EE.UU. y la entidad, real o imaginaria, del supuesto peligro ruso.

Los Estados Unidos de la Administración Trump usarán su poder (ya sea el hard power militar, ya sea el soft power del comercio y de la diplomacia) para los intereses de su propuesta política MAGA (Make America great again), es decir —a esta altura de la historia universal—, para atrasar la decadencia de EE.UU. como superpotencia, ahora muy vinculada a la propia falta de cohesión de la ciudadanía norteamericana respecto a un grupo de valores democráticos y civilizatorios básicos. En este contexto, se va a desarrollar muy pronto una ríspida guerra comercial entre EE.UU. y la UE, parcialmente amortiguada en los primeros años por el gasto militar europeo en proveedores de EE.UU., hasta que la UE desarrolle campeones regionales en las áreas tecnológicas que necesita su defensa. En este contexto, la OTAN que conocemos desde 1990 va a sufrir una mutación determinante y la UE no tendrá otra opción que articular una política de defensa conjunta y autónoma. El problema de la defección de EE.UU. se puede convertir en una gran oportunidad para Europa.

En cuanto a la Rusia de Putin, ¿constituye de verdad una amenaza respecto a la UE? No falta en la opinión pública europea quien le atribuye, con parte de razón, a la OTAN la responsabilidad respecto de algunas de las reacciones militares rusas de los últimos años. La propia República Ucraniana, desde una legítima prevención a la rusificación de los zares y del PCUS soviético, olvidó abrir la mano a las minorías rusófonas y se basó, a veces, en minorías chauvinistas que abrieron las puertas a la agresión rusa de Crimea y a la guerra iniciada en febrero de 2022. Sea como fuere, el agresor de 2022 es Rusia y esto no tiene vuelta de hoja, siendo además evidente la falta de respeto del ejército de Putin hacia la población y las infraestructuras civiles ucranianas a lo largo de esta desventurada guerra.

La UE no tendrá otra opción que articular una política de defensa conjunta y autónoma

Vigente un acuerdo en Ucrania (que va a ser ventajoso para Rusia con la complicidad de Trump), ¿qué seguridades tienen nuestros socios europeos Finlandia, las tres repúblicas bálticas, Polonia o Moldavia de no ser agredidos por Rusia, que ahora defiende que Groenlandia pertenece al espacio vital de EE.UU.? ¿Cuál es el espacio vital ruso en el que cree Putin? ¿Nadie recuerda la agresión de los zares, desde Pedro el Grande a principios del siglo XVIII, contra Suecia y la confederación lituano-polonesa que determinó la anexión de Finlandia, gran parte de Polonia, los países bálticos y Ucrania y las sucesivas políticas de rusificación? ¿Tampoco las agresiones de Stalin a Polonia y Finlandia en 1939, la anexión de las repúblicas bálticas en 1940, la ocupación militar de medio continente europeo en 1945 y la represión de los movimientos de liberación democráticos húngaro —1956— y checo y eslovaco —1968—? Por desgracia, una agresión expansionista rusa hacia su occidente no es, para nada, improbable.

Pero, ¿significa esto que acierte la Comisión Europea con su improvisado paquete financiero y con su publicidad del miedo del kit de supervivencia? No, a no ser que se pretenda desarrollar una operación de ingeniería financiera que destine recursos a fines poco transparentes y muy lucrativos para determinadas élites de Bruselas.

Los riesgos de la defección de EE.UU. y de la agresión rusa requieren que Europa reaccione. Pero no hacia el rearme de los 27 EM, sino hacia la autonomía estratégica europea, que lo que necesita es una única política de defensa que coordine las distintas fuerzas armadas en un único sistema de defensa cívico-militar. Abordar el rearme desde los EM europeos y no desde la propia UE (y desde su propio presupuesto) determinará el desaprovechamiento de muy importantes recursos, en lugar de optimizarlos en un único sistema de defensa como herramienta de una autonomía estratégica. Un ejército europeo o, por lo menos, una coordinación europea de la defensa, significa menos gasto militar.

Y, en este contexto, es preciso recordar algunos números. Los EM de la UE aportan en estos momentos 1,5 M, frente a poco más de un millón de militares rusos. Los EM de la UE invirtieron (ojo, no contamos con el Reino Unido), en el año 2023, 279.000 M USD en su defensa, frente a los 109.000 M de Rusia en el mismo año. Mucho antes que imponer porcentajes del PIB o definir números por Estado, sería bueno estudiar las necesidades desde la búsqueda de la autonomía estratégica y la coordinación europea de la política de defensa hacia un único ejército europeo. Ver lo que tenemos en su conjunto y no por partes.

Es preciso también reivindicar un enfoque europeo mucho más defensivo que ofensivo. Enfoque que no solo es más barato, sino que, al priorizar la IA, la ciberseguridad, los satélites y la protección de las redes eléctricas y de telecomunicaciones y de las infraestructuras terrestres, los resultados de esta inversión también le dará impulso al conjunto de la economía y fortalecerá nuestras tecnologías. Porque la autonomía estratégica europea significa también contratar proveedores europeos.

Desde la perspectiva gallega (como considero que también desde la catalana o la vasca), es evidente que una única política de defensa europea determinará una vía hacia la autonomía estratégica europea con capacidad de movilizar recursos también para fines civiles y constituirá la única herramienta eficaz frente a un rearme general de los EM de la UE que afecte a nuestro Estado de Bienestar. Además, la peor opción para los intereses de Galicia, Catalunya o Euskadi sería hoy el rearme de las Fuerzas Armadas españolas y mañana situarlas en el centro de las políticas públicas, incluso imponiendo de nuevo alguna forma de servicio militar obligatorio, totalmente innecesario en la perspectiva europea y que podría constituir un potente agente desnacionalizador para nuestros países.