A veces me pregunto si tiene sentido analizar tanto las cosas. Quedarse en un tema y seguir tirando del hilo hasta tratar de entenderlo al detalle. Imagino que es algo que nos suele pasar a quienes nos dedicamos a investigar, a profundizar, a darle vueltas a un asunto hasta llegar al punto de la saturación. Hay que tener un punto de obsesivo, creo yo, para dedicarse a esto del análisis. Y comprendo que al lector habitual también le hace falta, a veces, cambiar de tema y oxigenarse. También es cierto que en determinados asuntos, que nos afectan, resulta imprescindible mantenerse activo, mantenerse alerta e informado porque es precisamente con el paso del tiempo como uno puede tener perspectiva suficiente para ponderar y valorar los resultados de una investigación que ha querido ser siempre rigurosa y honesta. Diría, de hecho, que cuando se trata un tema, éticamente hay que ver cómo se desarrolla, qué impactos va teniendo y si de alguna manera resuelve dudas que quedaron aún pendientes de despejar y siguen siendo importantes, por mucho que las continuas "bombas" que puedan ir apareciendo, las opaquen. 

Estamos aún viviendo bajo los efectos de la pandemia. Y lamento mucho tener que volver a decir la palabra que no se quiere escuchar, si no es para seguir imponiendo la propaganda absurda que pretende sostener las ya evidentes mentiras. Las lecciones de la pandemia se nos presentan ahora ante nuestros ojos, y vivimos una fase extraordinaria, donde el shock postraumático hace que se quiera permanecer ciego y sordo ante la evidencia. Sí, la evidencia, esa que tantas veces fue nombrada para reventarle el sentido real. 

Leía un artículo de Josh Stylman que me hacía reflexionar, nuevamente, sobre la brutalidad de todo lo que estamos viviendo. En esta ocasión, un análisis impecable de cómo se está consiguiendo interferir en el pensamiento colectivo de una manera constante y clara. Una serie de elementos que están teniendo lugar ante nuestros ojos, que son graves, y que merecen ser analizados por responsabilidad ética. Habla Stylman de los elementos que tienen que ser utilizados por la ingeniería social para controlar la realidad: un poder institucional que elabore la narrativa que se nos quiera imponer, acompañado de una presión social suficiente como para tener calado, y la persecución deliberada de cualquiera que desafíe lo que pretenda y cómo pretenda imponerse. 

Puede pensar usted ahora que esto de lo que estoy hablándole no le incumbe porque no se siente apelado. Pero lo cierto es que no hay nadie que pueda escapar al influjo que genera la injerencia en la opinión pública. Y tiene tan graves consecuencias como poder llegar a configurar su propia percepción de la realidad. Piense en lo difícil que tenemos ahora mismo asomarnos a la realidad cuando nos encontramos esos vídeos que circulan por internet en los que uno ya no sabe si realmente Zelenski se abalanzó sobre Trump a puñetazos, o si los edificios en Birmania chorrean miles de litros de agua desde las azoteas de los rascacielos, o si la comisaria europea de igualdad nos presenta el kit de supervivencia en un formato delirante. La reacción que comenzamos a tener es la de no creer en lo que nuestros propios ojos ven. Y eso es parte de la locura colectiva en la que nos están metiendo. 

El peligro de terminar creyéndose lo que a uno le resulte más cómodo es tan peligroso como alimentarse de comida precocinada para no tener que esforzarse. Cada vez resulta más complicado encontrar la verdad que sea honesta y genuina. Y no vivimos en un mundo en el que dispongamos todos de tiempo, ganas e interés para rebuscar la verdad entre tantas trolas. Y es que, como señala el autor en el artículo que hoy le comparto, "se ha demostrado que todos los elementos principales de la narrativa oficial sobre la covid-19 son falsos (el origen del virus, la validez de las pruebas PCR, la supresión de los tratamientos tempranos, la negación de la inmunidad natural, la supuesta seguridad y eficacia de las vacunas, la utilidad de las mascarillas, los confinamientos y los pasaportes de vacunación). Y, sin embargo, quienes hemos ido cuestionando cualquier aspecto de esta narrativa, hemos tenido que enfrentarnos a un ostracismo y a una persecución sin precedentes."

Solamente hay una opción: la asunción de responsabilidad en cada una de las esferas en las que habitamos. Es imprescindible actuar de manera individual, en pequeñas o grandes decisiones, que permitan que una verdadera democracia se ponga en marcha

Doy absolutamente fe de ello. Y usted, mi querido lector, también lo sabe bien. Ojalá me leyera alguien a quien esto le sorprenda y le haga cambiar de punto de vista un poquito, al descubrir lo que ha pasado. Porque sería momento de pensar fríamente en el golpe económico que se ha dado (y que se mantiene, porque les ha funcionado a quienes lo dieron), que ha supuesto "la mayor consolidación financiera de poder en la historia moderna". Piense por un momento en la cantidad de negocios pequeños que fueron cerrados durante la pandemia y los enormes beneficios que obtuvieron las grandes compañías. A los trabajadores esenciales se los empujó a primera línea, yendo a cumplir con su obligación tragándose el miedo y demostrando en muchos casos un comportamiento heroico. Ahora es momento para asomarse a mirar qué está pasando con las ayudas prometidas y los problemas que está teniendo tantísima gente con ellas. 

Por alguna razón, los medios de comunicación que nos bombardeaban al unísono con los mismos mensajes (que hoy han resultado ser falsos) ahora pasan página y a penas hablan de los enormes problemas que se generaron desde entonces. No están informando a la población de los daños que se están sufriendo a raíz de las medidas impuestas en pandemia. Las multas impuestas entonces se han ido anulando, pero pocos lo saben. Como pocos saben que muchas de las medidas se han ido declarando ilegales. Cuesta más que mover montañas que los medios atiendan a cualquier cosa que demuestre el enorme engaño que nos inocularon. ¿Por qué, si es la verdad tozuda la que se impone en la realidad?

A veces se cuela, con rapidez de culebrilla, algún titular escandaloso. Pero pasa rápido y casi nadie se entera. Los ojos están puestos en la siguiente pantalla, la de la supuesta guerra que nos aterra. Se está legislando a un ritmo vertiginoso. Y lo que es más grave: se están tomando decisiones sin ni siquiera legislar. La desvergüenza es tan enorme, que ya para tomarnos el pelo, ni se tapan. 

Sin embargo, hay un elemento más que podría, quizás, ser analizado. Porque de tanto ir el cántaro a la fuente, el hechizo terminó por no hacer efecto. Y ahora, resulta, que en la calle ya no me siento minoría. Es una sensación extraña, créame. Pero observo y escucho a gentes bien distintas estar absolutamente de acuerdo en que hemos llegado ya demasiado lejos. Esto de la guerra, esto de los millones para armas, parece que, por fin, nos ha hecho despertar. La gente, esa con la que yo hablo cada día, dice que esta ya no se la traga. Y las costuras del sistema parecen reventar. Sin embargo, tenemos al mismo tiempo la certeza de que lo tenemos muy complicado para cambiar nada. Al menos para hacerlo de una forma "civilizada", que es la única que debería plantearse. 

Solamente hay una opción, en mi opinión: la asunción de responsabilidad en cada una de las esferas en las que habitamos. Es imprescindible actuar de manera individual, en pequeñas o grandes decisiones, que permitan que una verdadera democracia se ponga en marcha. Es tarea ardua, y cada uno debería asumir el espacio de responsabilidad que le toca. Pero seguir aguantando mentiras, continuar permitiendo que quienes mandan campen a sus anchas, no puede continuar. Nos llevan a una guerra, si les dejamos. Aunque sea provocada por ellos mismos para justificar sus decisiones en un círculo tan perverso que terminará con nosotros, el pueblo. 

¿No nos parece suficiente ya el límite al que nos están llevando como para movilizarnos y actuar, desnudándonos de siglas, supuestas ideologías y demás etiquetas? Por la paz bien merece que nos vayamos dando la mano. Estos son capaces de todo, sobre todo, cuando no encuentran resistencia en nuestro lado.