La semana pasada escribí un artículo valorando la Enquesta d'usos lingüístics de la població 2023 y afirmando que el día que mi nieto no me entienda en catalán es un día que no llegará nunca, pero al día siguiente recibí varios mensajes privados acusándome de optimista sin motivo, bobo que no sabe leer la realidad e, incluso, perro faldero de un conseller. Es por eso que me he entretenido en leer con lupa la Encuesta de usos lingüísticos, pero la del año 2013, publicada días después de que dos millones y medio de catalanes votaran legalmente en el 9-N si querían que Catalunya fuera un estado independiente y el Sí ganara por un 88%. Resulta que desde entonces, hace diez años, el catalán ha perdido empuje en una Catalunya que ha ganado medio millón de habitantes -un 90% de los cuales nacidos fuera de Catalunya-, pero pasa que en estos diez años el castellano ha perdido la misma fuerza. Por ejemplo, el año 2013 la lengua inicial de un 55% de ciudadanos del país era el castellano, mientras que el año 2023 solo lo es en un 49%; en cambio, el año 2013 el catalán era la lengua inicial de un 32% de la población y en el 2023 lo es, voilà, también de un 32%. Teniendo en cuenta que 'la población' ha aumentado más de 450.000 personas, creo que hay que ser muy yonqui de la autoflagelación para decir que esto es el fin, que nos estamos muriendo y que los catalanes estamos en peligro de extinción, pero ya se sabe que lamerse las heridas es la droga legal más consumida de Catalunya. Lástima que nos cueste tanto entender, también, que quien más disfruta viendo como de enganchados estamos a la desmoralización es el estado español.
Aunque las Encuestas de usos lingüísticos de la población 2023 y 2013 sean sorprendentemente parecidas, la interpretación de cada una de ellas no tiene nada que ver. Resulta que el año 2013 solo un 36% de la población decía identificarse con el catalán, en contra de un 47% que lo hacía con el castellano, pero el día siguiente, en vez de hacer artículos catastrofistas, un millón y medio de personas salieron a la calle para hacer una cadena humana por la independencia y capturarlo, además, con una giga foto. En cambio, cuando diez años más tarde resulta que solo un 40% de personas se identifican con el castellano y el porcentaje en el caso del catalán ha disminuido del 36% al 31%, los que hacen artículos a la prensa no son los medios españolistas preocupados por la descastellanización de los catalanes, sino que los que organizaban cosas como la Vía Catalana ahora se dedican a hacer comunicados hablando de linguicidio. ¿Dónde estaban los apocalípticos de la lengua cuando el año 2013 había un 47% de catalanes que hablaban en castellano a sus hijos, mientras que solo un 37% lo hacían en catalán? Pues posiblemente gastando la energía con discursos moralmente positivos, ya que lejos de salir el día siguiente a decir que el futuro era negro, lo que pasaba es que las tertulias hablaban de organizar unas elecciones plebiscitarias que tenían que completarse con un referéndum unilateral de independencia.
Diez años más tarde, en cambio, ahora que solo un 37% de catalanes hablan castellano a sus hijos y un 35% lo hacen en catalán, nadie parece destinar esfuerzos reales a pensar en el futuro que Catalunya merece. Al contrario, de hecho, ya que nos pasamos el día haciendo funambulismo del lamento y vomitando discursos depresivos que no es que hagan perder las ganas de hablar catalán, sino que dan ganas de mandarlo todo a hacer puñetas, salir a la calle hablando inglés y sentarse en una esquina del Eixample con un cartel que diga "I'm looking for brave people for a better future". Digo en inglés porque el año 2013 en Catalunya había 1.300.000 ciudadanos nacidos en el extranjero, mientras que el año 2023 este millón ya era de 1.800.000, pero hay una cosa que no ha cambiado demasiado en diez años: si en el 2013 había 2 millones y medio de personas que confesaban querer aprender catalán, diez años después hay 2 millones doscientos mil. Unas cuantas menos, sí, pero un dato casi milagroso si tenemos en cuenta que no debe ser demasiado atractivo quererse sumar al carro de una gente que se pasa el día diciendo que se está muriendo. Desde el 2017, muchos han trabajado para que ser catalán, hablar catalán y soñar en catalán sea una cosa que roce la vergüenza ajena, pero resulta que siete años después de empoderarnos y hacer marcha atrás dos días más tarde, todavía hay dos millones de catalanes que no tienen bastante conocimiento de nuestra lengua y dicen quererla aprender mejor.
Hay quien en diez años ha pasado de reclamar un estado propio y decir que somos 'la mitad más uno' a decir, de sopetón, que somos un tercio y que nos iría mejor siendo una minoría nacional, encapsulada como una reserva india. Hoy somos 2'2 millones de hablantes habituales de catalán, que quizás es un tercio de la población, sí, pero no un tercio del electorado. De hecho, son 200.000 personas más de las que votaron al bloque soberanista en las elecciones plebiscitarias del 2015 o las elecciones del 155, el año 2017, y muchísimas más de las que dibujaron la mayoría independentista más grande de la historia del Parlament en las elecciones del 2021. La pregunta es: ¿estos 2'2 millones de ciudadanos de Catalunya que hablan siempre en catalán, quieren que sus nietos lo hablen? Todos sabemos la respuesta, y también sabemos todos que incluso las personas no independentistas entre este grueso de población sabe lo que tanto nos cuesta decir hoy, a diferencia del 2013: que al catalán podremos mantenerlo con vida como hasta ahora durante muchos años, incluso durante muchas más décadas, pero que a largo plazo solo lo salvará un estado propio. Son faves comptades: en un mundo globalizado, al catalán solo lo salvará una oficialidad plena, un sistema escolar propio que lo blinde bien y unas estructuras de estado que regulen los flujos migratorios, tan determinantes para una cosa como las lenguas minorizadas. Eso para no hablar, claro está, de la cantidad de recursos que podrían destinarse a la lengua si el espolio fiscal que sufre Catalunya no se destinara a Madrid, sino a lo que Catalunya quisiera.
A veces puede parecer que dos millones y medio de personas solo representamos el 35% de la población, sí, pero a menudo hay que darse cuenta de que este 35% seguimos siendo el tanto por ciento de población con más poder que puede haber. Si resulta que Pedro Sánchez gobierna con 6 millones de votos en un electorado de 37 millones de personas o que cualquier programa de tele con 2 millones de espectadores ya hace un share del 45% de audiencia, ¿cómo es que en Catalunya es tan difícil recordar que dos millones y medio catalanes somos una roca muy difícil de torcer ante cualquier amenaza? Mientras sigamos gastando el tiempo pidiendo perdón por existir, matándonos en luchas cainitas o ignorando que el futuro del catalán -y de Catalunya- implica integrar nuevos catalanes a la catalanidad, seguramente los datos de la Encuesta de usos lingüísticos a la población de los próximos cinco y diez años nos parezcan, de nuevo, horribles. Ignorarlos no es la solución, al igual que tratarlos con el realismo mágico del 2014 solo nos lleva a un 'secesionismo mágico' que no conduce a ninguna secesión, pero entre ver el vaso medio vacío o verlo medio lleno, creo, está la diferencia que nos permitirá decirle a nuestro nieto, cuando nos lo pregunte de aquí a un porrón de años, qué fue aquello que salvó el catalán: quien salvó al catalán: nadie, o quizá todo el mundo, diremos, ya que más que salvadores, el catalán necesita creatividad, ideas y hablantes con coraje. No para resistir, sólo, sino para construir. Y no con el reto de salvar nada, pues, sino de ganarlo todo.