He seguido con interés y, lo confieso, en algunos momentos también con estupefacción la polémica suscitada a raíz de la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) de exculpar Dani Alves, previamente condenado a cuatro años y medio de prisión por la Audiencia de Barcelona. El TSJC ha estimado que no hay bastantes pruebas para afirmar de forma concluyente que el exjugador del Barça violó a una chica en uno reservado de la discoteca Sutton, de Barcelona. Desconozco si la decisión del TSJC puede ser o no cuestionada desde un punto de vista jurídico —seguramente sí, como todas—, pero lo que es un hecho es que ha sido tomada por unanimidad y por un tribunal formado por tres mujeres y un hombre. Todos con una muy sólida preparación —también con respecto a este tipo de delitos. Ninguno de ellos tiene una trayectoria que lo pueda hacer sospechoso de machismo, al contrario.

En los medios y sobre todo en las redes se ha producido un alud de reacciones. No por el caso en sí —desgraciadamente casos por agresión sexual hay muchos—, sino porque el acusado es famoso. O muy famoso. Como es común en nuestros días, la mayoría de las reacciones han sido de blanco o negro. Con Alves o contra Alves. Unos se han puesto a decir que el jugador es inocente y a culpar a la chica que lo acusa y atribuirle todo tipo de malas intenciones. Y a recordar los perjuicios que todo esto ha causado al jugador, sobre todo, el año que se pasó en la prisión. En los de este bando habría que recordarles que exactamente lo que hace el Tribunal es dejar sin efecto la decisión previa tomada por la Audiencia de Barcelona; no constatar que no ha hecho nada. Algunas partes de la declaración de la chica no concuerdan con las evidencias, señalan los jueces, entre otras razones. Todo ello les ha llevado a considerar que los elementos contra Alves no tienen bastante fuerza para romper el escudo de la presunción de inocencia. Por eso han anulado la sentencia y la condena; anulación que, se ha anunciado, será recurrida. Dicen que no se le puede condenar desde el punto de vista de la justicia, que tiene unas normas y unos procesos particulares y establecidos. A Alves lo ha salvado, pues, el principio de presunción de inocencia; paralelo y complementario a aquella otra regla que dice que, en caso de duda, hay que decidir a favor del acusado (in dubio pro reo). O sea, para que todos nos entendamos, que para la justicia —y para cualquier persona sensata— es preferible un culpable en libertad que un inocente en prisión. Hay que decir que entre las reacciones a favor de Alves encontramos sin nada de esfuerzo personas que, a través del brasileño, dan escape a su machismo y se desahogan a base de bilis destilada contra un feminismo que sienten asfixiante y abusivo.

Para la justicia es preferible un culpable en libertad que un inocente en prisión

En el otro bando, el bando, digamos, anti Alves, no encontramos tampoco argumentos jurídicos o técnicos. Desde el feminismo, o de una parte del feminismo, para ser más exactos, se ha esgrimido un argumento conseqüencialista y, como tal, externo a la decisión del TSJC en sí. Recordemos las palabras de la vicepresidenta primera del Gobierno, María Jesús Montero, que tildó la exculpación de Alves de "vergüenza". Aunque tuvo que rectificar (los jueces en pleno se le tiraron encima), en su rectificación no quiso dejar de subrayar que el caso supone un "retroceso", es decir, un paso atrás, para los derechos de las mujeres. Este argumento, con diferentes modulaciones, ha sido muy repetido. Otra Montero, Irene, exministra de Igualdad con Podemos, ha denunciado que la decisión del Tribunal "mantiene la cultura de impunidad de los agresores".

Como decía, igual que hacen los que consideran a Alves un santo y un mártir, aquí tampoco se entra en el texto de la resolución. Aquí lo que se argumenta, básicamente, es que esta sentencia es mala por su efecto, por sus consecuencias. Lo que ha hecho el TSJC, se denuncia, será negativo para la lucha para conseguir la igualdad real. En algunos casos, se añade que la exculpación puede desanimar a otras mujeres que quieran denunciar y que ahora se lo pensarán dos veces ante el riesgo de no obtener una condena. Algunas voces han llegado a insinuar o reclamar directamente algo que es, me parece, una colosal barbaridad: que los jueces no pongan en duda, no cuestionen, la versión de la "víctima" o denunciante. Pero resulta que justamente eso es lo que tienen que hacer los jueces. Recordemos que lo que se tiene que demostrar es que la acusación es cierta, que los hechos denunciados se han producido (no es el acusado quien tiene que demostrar que es inocente, como algunos parece que creen).

Si unos afirman que los jueces del TSJC son unos valientes por haberse atrevido a exonerar al futbolista, los que lamentan la decisión nos vienen a decir que son cuatro temarios, insensatos y medio locos porque están perjudicando a las mujeres en general y al movimiento feminista en particular. Estas dos cosas las sitúan, por lo tanto, por encima de la justicia (y de principios vitales para administrarla como el de la presunción de inocencia). Como perjudican —como sospecho que perjudican— mi causa, los jueces han obrado mal. Contrariamente, si la favoreciera, habrían actuado la mar de bien. Modestamente, pienso que este tipo de aproximación o planteamiento tan poco serio es no solamente un error, sino muy peligroso. Es creer que el fin justifica los medios. Que la justicia solo es justicia si me beneficia. O que cometer una injusticia no tiene ninguna importancia si es al servicio de mi causa. Todos sabemos dónde conduce esta lógica.