No hay nada que resuma mejor la crisis existencial europea que las lágrimas del diplomático alemán Cristhoph Heusgen, chairman de la Conferencia de Seguridad de Múnich. Su trama existencial explica muchas cosas: europeísta convencido, Heusgen fue uno de los escribientes del Tratado de Maastricht y quizás el arquitecto más sagaz de la política exterior de Angela Merkel. Pero este gato viejo del europeísmo tiene el corazón medio yanqui; no solo tuvo un papel importante en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sino que, miles de años antes, había sido un joven estudiante en la Western Reserve Academy de Ohio, el Yale del Oeste, una de esas boarding schools tan adorables donde todavía había profesores que salpimentaban las frases de latinadas. No me extraña que, después de oír al veep JD Vance abuchear a los líderes del Viejo Continente, al viejo Heusgen le estallaran las compuertas lacrimales.
Servidor, cuando repasa este tipo de discursos laudatorios de la ética europea, tiene la sensación de que todo el mundo se pone muy sentimental, pero que, verdaderamente, nadie sabe de qué pollas habla. Mis colegas filósofos leerán la frase precedente y, como si se quitaran la receta del fricandó de la abuela del bolsillo, apelarán enseguida a la herencia cultural de sabios como Goethe, Voltaire, el plomo de Steiner y su tía en patinete (en casa los hemos leído todos de manera religiosa, pues gozamos de mucho tiempo libre). Todo esto está muy bien y no seré yo quien renuncie a la biblioteca que llevamos en la espalda, pero si hablamos de los valores europeos también deberíamos referirnos al vodevil que precedió el establecimiento de la Constitución europea, un texto que fue rechazado por países como Francia y que la burocracia de Bruselas acabó pasando por el enderezador a base de una cosa tan indecorosa como no refrendarlo en las urnas.
Europa debería lloriquear menos y buscar un camino que se acerque a la vía unilateral
También sería necesario detenerse un ratito y pensar en la sistemática oposición de todas las cúpulas de la Comisión Europea a la hora de confeccionar una política de defensa común con el consecuente ejército (antes de que lo pidiera Volodímir Zelenski, por intereses obvios, nuestro Josep Borrell fue de los únicos políticos que lo exigió de forma explícita). Emmanuel Macron puede estar muy enfurecido con Donald Trump a causa del desprecio explícito del presidente estadounidense a la participación europea en la cumbre entre este y Vladímir Putin, donde quien sabe si el magnate que rige el mundo acabará proponiendo convertir Donbás en un nuevo Mar-a-Lago; pero Europa puede regalar pocas lecciones, ya que, si Trump consigue una tregua, el Viejo Continente aún no tiene una previsión de cuál sería su participación militar en este compás de espera ni cómo fortificaría la posición de Zelenski en el reparto final del trozo.
Los gatos viejos de la Europa romántica y de las relaciones transatlánticas pueden ejercitarse el lloriqueo, pero la apelación a un mundo común que ya no existe, por florida que sea, no nos hará más despiertos ni nos protegerá de un porvenir más violento. Puestos a hablar de como Europa se mira las cosas, las autoridades continentales me permitirán que (a pesar de ser un chaval con vocación internacionalista, suscriptor del New Yorker y escuchador compulsivo de podcasts en inglés) me ponga un poco localista y les recuerde como pasaron de mi tribu como de la mierda mientras la hostiaban los policías españoles, cuando esta perpetraba algo tan temerario como organizar un referéndum. Me sabe mal regurgitar —en negativa— un adagio bien conocido del proceso, pero Europa no solo lo permitió, sino que se meó encima con alegría oceánica. Y eso, mein lieber Herr Heusgen, también son valores para recordar.
Europa debería lloriquear menos y buscar un camino, por decirlo también en procesista, que se acerque a la vía unilateral. Se lo dice un catalán, que de eso tiene mucha experiencia: las lágrimas solo suelen servir para perder.