Supongo que porque Quimi Portet ha hecho un libro —Cançons en bell llemosí, en La Segona Perifèria— se nos permite ser más pesados que nunca a los pesados habituales. A los pseudojóvenes que por pereza o por gracia hemos heredado el gusto musical intacto de nuestros padres, las canciones del cantautor menestral de Vic nos saben a familia. El Último de la Fila sonaba y suena en el coche todavía hoy; Quimi Portet en solitario —y en catalán— lo he ido midiendo por palmos yo sola. Lo escucho y enseguida pienso en mi padre: tanto él como Quimi —nuestro Quimi— son una especie de gente para quien el significado más exacto de la diversión es una habitación vacía, una guitarra y uno quinto de cerveza. Tres cosas que hacen un universo. Tras esta sencillez aparente del astro intercomarcal está todo: un conocimiento hondo de la cultura y la mecánica del país; una idea de cómo tiene que ser y de por qué tiene que servir la música —si es que tiene que servir de alguna cosa—, y una jovialidad genuina y refrescante. A sesenta y siete años —cuarenta más que servidora—, Portet nos sigue catapultando a otra galaxia. Intercomarcal e intergeneracional, gracias a Dios, su poción poética todavía sirve algún componente secreto —una autenticidad, un despabilamiento, una naturalidad— que el panorama musical mainstream de hoy no sabe ofrecer, tampoco a los que subimos por debajo.
Quimi Portet es el antagonista perfecto de Ricard Ustrell porque la poca importancia con que se trata al primero desnuda —todavía más— con quantíssima importancia se trata al segundo. En Col·lapse se exhibió con la medida justa de modestia que utiliza para esconder que es un artista descomunal. No se hace nunca de más, pero tampoco se acaba de hacer de menos. Mientras Ricard Ustrell se escuchaba a él mismo, Portet nos permitía reafirmarnos en por qué es que lo amamos: porque se lo quiere pasar bien y, al mismo tiempo, sabe perfectamente lo que se hace. Cuando tras la música de un artista está el artista que cumple con las expectativas que su música apuntaba, el círculo de coherencia que abraza al sujeto y al objeto se hace muy placentero de contemplar. Quimi Portet sabe de lo suyo. Decía, "hay gente muy valiente que hace una carrera de resistencia por la lengua, por la cultura y por el colectivo. Tienen que estar y son admirables. Pero también tiene que haber gente que estén más flipados. Y que creen una cultura que se pueda defender. Que no toda la cultura sea defender la propia cultura". Cualquier persona que no fuera Ricard Ustrell se habría levantado a besarle la frente.
Fortalecerse hacia dentro para poder ir hacia fuera: ser catalán para ir hasta el espacio
Hacer las cosas sin tener que justificarse es casi tan liberador como liberarse. Me parece que es por eso, de hecho, que el testimonio de Portet sigue pasando de padres a hijos: la cotidianidad de su música entronca con la cotidianidad con que a muchos nos apetecería ser como somos. Con las raíces en la conciencia sale a hacer una especie de viaje, a buscar una cosa que ni él ni nosotros sabemos qué es del todo. Me hizo pensar en una respuesta que me dio Roger Mas en una entrevista cuando le pregunté si era difícil hacer el ejercicio de autocentrarse para mirarnos el mundo desde la catalanidad: "Yo me esfuerzo por fingir que no", me contestó. "Fingir que no cuesta hasta que no cueste". Diría que a Quimi Portet no le cuesta mucho. O que sabe fingir, muy diligentemente, que no le cuesta mucho. Y es eso, de hecho, lo que le permite romper con los esquemas de una cultura autorreferencial para hacerla normal. Fortalecerse hacia dentro para poder ir hacia fuera: ser catalán para ir hasta el espacio. Una habitación, una guitarra, uno quinto de cerveza. Eso y ser un poco flipado. Gracias, Quimi.