Hace pocos días, hablaba de cómo el éxito de la serie Adolescence se explica por la voluntad perversa de cosificar la culpa de los padres occidentales ante el rumbo hipotéticamente fatídico de una juventud sometida a la virtualidad de la machosfera. La contingencia audiovisual ha hecho que el boom de la serie británica haya coincidido con el estreno en TV3 de Històries de l’escola, un excelente programa documental sobre la educación de nuestros adolescentes dirigido con mano maestra por Pol Izquierdo y muy bien producido por los cerebros de Incís. Hay que devorar su primer episodio, rodado en el Institut Rocagrossa de Lloret de Mar, que tiene su apogeo narrativo cuando vemos a una joven presa de un ataque de angustia porque los chavales de la clase le llaman "puta gorda". Después admiramos el trabajo del integrador social del centro, Miquel Jarra, que intenta hablar con estos chicos a fin de que comprendan las implicaciones morales de sus insultos.
Evidentemente, estamos ante un producto muy distinto al hit británico de Mr. Netflix; mientras que Adolescence acerca el plano secuencia a la narrativa dramática del true crime, Històries de l’escola visualiza la irrupción del machismo y la indiferencia hacia la agresión en el aula, a través del plano corto y una estricta voluntad de presenciar lo que ocurre y no nos apetece mirar (aclaramos que, afortunadamente, aquí solo hay gamberradas verbales y nadie acaba empuñando un cuchillo). Curiosamente, mientras que Adolescence ha provocado un zarandeo de la conciencia mundial, un programa como el de TV3 —a pesar de tener una buena acogida— no ha pasado de comentarse públicamente entre el ámbito del profesorado. La explicación es muy lógica: a un espectador catalán le cura mucho más la mala conciencia impostar que se estremece ante un dramón (interpretado maravillosamente por actores británicos) que ver una escena de violencia en un instituto de su país entre críos catalanísimos.
Es sintomático que nos ponga mucho más un fenómeno trágico ficcional que un retrato muy crudo del día a día de nuestra tribu
En el fondo, el silencio que provocan series como Històries de l’escola proviene del dolor que resulta admitir que no vivimos en el país que creemos habitar. Pensamos que hay comportamientos que solo ocurren en los institutos de Harlem y nos pesa profundamente imaginárnoslos en la escuela más próxima a nuestra casa. También atisbamos una escuela pública donde los profesores viven la mar de contentos trabajando lo justito (en la serie comprobamos que se enfrentan a un trabajo de una altísima complejidad, sin medios y desbordados de trabajo) y, a su vez, también imaginamos unas aulas donde todo el mundo habla un catalán digno de Ausiàs March, mientras que aquí se evidencia que nuestra lengua no la usa ni puto dios, a no ser que los profes hagan de sargentos de Pompeu Fabra. En definitiva, siempre resultará más fácil flagelarse con una ficción impactante pero inodora que mirarse al espejo y darse cuenta de que estamos a océanos del Primer Mundo.
Para decirlo de otra forma, es sintomático que nos ponga mucho más un fenómeno trágico ficcional que un retrato muy crudo del día a día de nuestra tribu. Si nos preocupáramos más por lo que ocurre en nuestras escuelas —en vez de maldecir su situación con argumentos de cuñado en las tertulias—, aprenderíamos hechos como que la figura del integrador social (insisto, admirad el trabajo descomunal que se casca Miquel Jarra en este episodio charlando con algunos machos del instituto) no es estructural. En el caso del Institut Rocagrossa, este profesional puede ejercer porque la entidad lo ha podido sufragar con fondos del programa Next Generation; con respecto a otros entes del país (especialmente los que tienen alumnos de orígenes más diversos), cada director de escuela tiene que espabilarse para pagárselo. Tal como están y pintan las cosas en Catalunya, hay que exigir que estas figuras sean estructurales.
Es necesario ver Històries de l’escola para darse cuenta de que, a día de hoy, la salud educativa del país (y la convivencia entre recién llegados y catalanes de pura cepa) depende de unos cuantos héroes, profesores y técnicos, que nos salvan la paz del día a día. Deberían verla también los responsables educativos del país, porque me atrevo a afirmar que ya hace demasiado tiempo que la zona de mando pedagógico catalana vive muy alejada de las aulas. Seguramente, todos ellos habrán visto Adolescence. Quizás ahora les tocaría mirar más TV3, sobre todo cuando "la nostra" actúa como un servicio público ejemplar, digno de un país del nord enllà.