"Ciudad de los hogares y las esperanzas perdidas", titula a toda portada The New York Times esta semana, en referencia explícita a Barcelona. Es la confirmación definitiva ya no de la pérdida de prestigio como ciudad funcional, viable, alegre, ordenada y posible, sino de su nuevo dibujo como casi un caso perdido. En efecto, cuando se dice que el problema de la vivienda en Barcelona es un problema de "difícil gestión del éxito", como tanto les gusta decir a los socialistas, se dice una mentira. Si la gente no puede vivir en su propia ciudad, lo que se está gestionando es un fracaso. Un fracaso clamoroso, grave, el más grave, marcado por la desidia y la frivolidad política. Y ahora ya no es un tema de pérdida de viabilidad o de dimensión humana, solamente, sino también de pérdida del prestigio ganado. E, incluso, como dice el diario estadounidense (con foto de la casa Orsola incluida), de pérdida de la esperanza. Y esto es lo más grave, porque esta sensación es generalizada entre los barceloneses. Dicen que la esperanza es el último que se pierde... De acuerdo, pero a veces, y a base de repetidos puñetazos, finalmente se pierde.

"Desde 2015, casi una décima parte del stock de vivienda del país ha sido acumulado por inversores o reconvertido a alquiler turístico", reza el artículo, que también menciona el caso de los residentes de la modernista Casa Fajol. Y confirma lo que ya sabemos y sufrimos los residentes: "la escasedad ha permitido incrementar los precios mucho más que los sueldos", aparte de enumerar los constantes parole, parole de Illa y de Collboni en forma de promesas de construcción de viviendas, de topes al alquiler y de paro de licencias de pisos turísticos (prevista para 2028, ¡ya fuera del mandato, alcalde!), todo ahora deprisa y corriendo, como si pretendieran esconder lo que todo el mundo ve: que la responsabilidad del desastre los últimos años ha sido de Ada Colau y suya. Suya, de ellos, de los que no solo se refugian tras los lejanos vestigios del 92, sino que, además, durante las pasadas elecciones municipales, se dedicaron casi exclusivamente a hacernos debatir entre "Superilles sí" o "Superilles no". Mientras la gente se iba marchando del barrio, o bien, si vive en un área gentrificada, el barrio se iba marchando de la gente.

El enésimo intento de desviar la responsabilidad es el eslogan de "la ciudad de los 5 millones": una vez que han comprobado que no son capaces de revertir la tendencia del daño creado, los gestores municipales buscan la forma de decirnos que si vamos a vivir en Badalona o a Sant Just, también estaremos en Barcelona. Y no. No cuela, no es cierto, no nos lo merecemos y de ningún modo es la solución. Los ciudadanos de Barcelona necesitan y merecen algo más que ser lanzados hacia fuera con la promesa de la supuesta "mínima diferencia" entre capital y entorno, lo que resulta aún más insultante cuando se comprueba día a día el desastre de Rodalies. Illa y Collboni nos quieren hacer el relato de una ratonera, donde mal si te quedas, mal si te vas y, sobre todo, mal si protestas demasiado: "el trabajo sin hacer ruido es lo que hace encarrilar las cosas", proclamaba satisfecho el presidente, a raíz de la vuelta de la sede de un par de bancos a la ciudad. Ellos vienen y la gente se va. Y las soluciones, pero también el tacto y la empatía, brillan por su ausencia.

Será difícil recuperar la esperanza, pero sobre todo será difícil hacerlo de la mano de quien nos la ha arrebatado. Antes de hacer el cordón sanitario a Xavier Trias (porque se ve que es demasiado intolerable que un independentista gobierne la ciudad, aunque gane las elecciones), Collboni ya sabía que quería ser alcalde costara lo que costara. Lo que no sabíamos era que no se refería al coste para él, sino a lo que costara a los ciudadanos. Ahora no puede pretender cambiar su cartel electoral ni su programa, como si la vivienda hubiera sido una prioridad. No lo ha sido. Ahora todo el mundo sabe que las soluciones pasan por la construcción de vivienda a precio asequible, pero también que otras ciudades han sido mucho más tajantes a la hora de regular la compra de viviendas por fondos extranjeros o su falta de puesta a disposición para alquiler por parte de grandes tenedores. Y yo añadiría un par de medidas: más que prohibir o intentar regular demasiado el mercado, hay que intentar implantar un sueldo barcelonés de referencia (que sea guía para cualquier contrato con el Ayuntamiento) y hay que establecer programas de fomento y de ventajas de todo tipo para las personas que lleven más tiempo residiendo (y tributando) en la ciudad. En definitiva, evitar, ahora sí, cueste lo que cueste, que nuestra gente se nos vaya.

Hará falta, también, que los que logren quedarse no vivan muertos de pena. Que puedan siempre reconocer su ciudad, lejos de las frívolas vulgaridades en forma de franquicia o de acontecimiento supuestamente deportivo y supuestamente "popular". Las ciudades pueden ser oasis o semi-repúblicas donde pueda configurarse un orden propio, un debate propio que no sea exactamente el del país. Pero de ningún modo Barcelona puede ser "cocapital" de Madrid, ni "locomotora" de España (bastante trabajo tiene con ser la metrópoli de Catalunya), ni "coorganizadora" de ningún nuevo festival que se le ocurra a alguien para intentar distraer al personal de los debates más urgentes en el ámbito social, económico y (sí, también) nacional. Barcelona se debe a un traspaís muy concreto, y tiene un horizonte brillante si se enfoca sobre todo hacia el Mediterráneo. Es imposible atraer talento si te vendes demasiado barata: los que te han amado siempre, huyen de ti, y los que dicen que te aman, solo quieren lo que quieren. Esta ciudad no es que tenga que recuperar la imagen de ciudad con hogares y con esperanza: Barcelona puede ser, es y tiene que ser nuestra esperanza. Y es y tiene que seguir siendo nuestro hogar.