El mensaje de la Unión Europea (UE) conminando a los ciudadanos de los Estados que forman parte de ella a dotarse de un kit de supervivencia para poder pasar tres días sin salir de casa en caso de guerra, de catástrofe, de epidemia o de no se sabe muy bien qué parece más bien el anuncio de una película, mala, de ciencia-ficción. Lo que más choca de entrada, pero, ¿es por qué tres días? ¿Cómo saben estas autoridades europeas, tan bien informadas y tan bien preparadas, que el cataclismo que sea durará tres días y no uno, siete o veinticuatro, de manera que después de setenta y dos horas todo el mundo podrá volver a salir a la calle para ir al supermercado a abastecerse de lo que más le haga falta? La cosa, por grotesca, haría reír, si no fuera por lo que se esconde detrás de un mandato como este.
Si el objetivo de la UE era generar un ambiente de tranquilidad y confianza ante posibles amenazas externas, en un momento en que Donald Trump quiere que los Estados Unidos dejen de ocuparse de la defensa de Europa y en que Vladímir Putin, a pesar de los deseos de algunos, no saldrá derrotado de la guerra entre Rusia y Ucrania, hay que decir que ha provocado exactamente el efecto contrario. La UE ha alarmado innecesariamente a la población, y lo ha hecho recurriendo a uno de los peores discursos posibles, el del miedo. A no ser que la pretensión real fuera siempre, desde el primer instante, sembrar precisamente el miedo, y el pánico, entre la ciudadanía europea, que es la mejor manera de tenerla controlada y sumisa en un escenario de cambio de resultados inciertos. Un escenario que es el que se derivará de la política de rearme emprendida por los países del viejo continente, sobre el papel en respuesta a los movimientos de Donald Trump y Vladímir Putin, sin consenso interno en la mayoría de casos y a costa de poner en cuestión en muchos de ellos el futuro del estado del bienestar.
La UE ha alarmado innecesariamente a la población, y lo ha hecho recurriendo a uno de los peores discursos posibles, el del miedo. A no ser que la pretensión real fuera siempre, desde el primer instante, sembrar precisamente el miedo, y el pánico, entre la ciudadanía europea, que es la mejor manera de tenerla controlada y sumisa
Los dirigentes actuales de la UE deben justificar por qué, con la excusa de la guerra de Ucrania, se han instalado en un clima bélico y han puesto en marcha una carrera armamentista que costará miles de millones de euros a los bolsillos de los contribuyentes, mientras las prioridades sociales se tambalean en buena parte de los países que han tirado la casa por la ventana para tener contento a un insaciable Volodímir Zelenski, que cuanto más se le ha dado más ha pedido. Quizás es por todo ello que algunos rehúyen por sistema la terminología militar e intentan esconder la inversión en rearme detrás de una fraseología tan barroca como ininteligible. Es el caso de España, donde Pedro Sánchez ha anunciado, a bombo y platillo, pero sin especificar de dónde saldrán las misas, un "gran plan nacional para el desarrollo y el impulso de la tecnología y la industria de seguridad y defensa española", que nadie le ha comprado, excepto, curiosamente, JxCat, a cambio de que de los efectos de este "gran plan" se puedan beneficiar empresas catalanas.
La escalada del dispendio militar en Europa, en el que la mayor parte de países se han gastado lo que no está escrito, y por eso no se conocen las cifras reales que cada uno le ha destinado, responde talmente a la obsesión cada vez más enfermiza de las autoridades de la UE por tenerlo todo bajo control y, mediante la política del miedo, no dejar margen a la iniciativa de la población para cuestionar nada. Se trata de meter el miedo en el cuerpo de la gente y recurrir a medidas drásticas de legitimidad democrática dudosa —como sucedió con el confinamiento decretado con motivo de la pandemia de la covid— ante supuestos enemigos que, según el discurso oficial, intentan desestabilizar la armonía del viejo continente. Es de acuerdo con este relato que Rusia ha sido señalada como el principal enemigo a batir, en lo que cada vez se ve más claro que ha sido un grave error de cálculo de los capitostes de una UE que hace tiempo que navega a la deriva sobre todo en cuanto a su posición en política internacional se refiere.
Es indiscutible que el comportamiento autoritario de Vladímir Putin lo convierte en un mandatario peligroso y en un dirigente político que no es de fiar. ¿Pero es que Volodímir Zelenski lo es más, de fiar? Rusia, geográficamente hablando, y aunque el grueso de su territorio pertenezca a Asia, es parte de Europa, e históricamente ha compartido muchos lazos, también culturales, con el viejo continente. Es más sensato, pues, tenerla de amiga que de enemiga y tratar de integrarla plenamente. Y del mismo modo que Rusia no es el enemigo, tampoco lo son los Estados Unidos, por mucho que Donald Trump tampoco guste a la mayoría de dirigentes actuales de la UE. Al revés, Europa tampoco debe ser el enemigo ni de Rusia ni de Estados Unidos, por mucho que algunos de sus dirigentes no gusten ni a Vladímir Putin ni a Donald Trump. Todos juntos tienen, por encima de las diferencias, un nexo común más importante, y es que forman parte de una civilización occidental que ellos mismos han ayudado a construir
Hoy el gran problema que debe afrontar el viejo continente es el Islam. Las autoridades de la UE, sin embargo, no parece que lo tengan entre sus prioridades, y quizá por eso intentan distraer la atención generando miedo allí donde no hay motivo para que lo haya y evitando intervenir en lo que realmente lo provoca
Y también tienen en estos momentos un enemigo en común: el islam. Hoy el principal enemigo del Occidente entero, y de hecho de todo el mundo desarrollado, es el islam, que se ha introducido sigilosamente en los países que de manera inconsciente le han abierto las puertas y que, en este caso sí, amenaza con desestabilizarlos. Europa, fruto de las vacilaciones y las dudas sobre su existencia, es quien más sufre lo que en algunos casos se puede considerar una auténtica plaga. Ciudades como Londres, París, Ámsterdam, Berlín o Estocolmo —en otros tiempos auténticos paraísos del progreso y el estado del bienestar— han comenzado a convertirse en irreconocibles para sus propios habitantes, algunos de los cuales se plantean incluso irse ante la avalancha de inmigración musulmana que está desfigurando su país. La islamización de Europa empieza a ser un hecho.
Hoy el gran problema que debe afrontar el viejo continente es este. Las autoridades de la UE, sin embargo, no parece que lo tengan entre sus prioridades, y quizá por eso intentan distraer la atención generando miedo allí donde no hay motivo para que lo haya y evitando intervenir en lo que realmente lo provoca. El resultado es que la política de esconder la cabeza bajo el ala será la perdición de Europa, y eso sí da mucho miedo, porque por ahora no hay kit de supervivencia que lo remedie.