El día que el señor Miquel me explicó que Rodalies le había cambiado la vida era sábado y llovía de lo lindo, por eso Mishima no pudo dar su concierto en el patio de los Jesuitas de Casp. Era el 30 de septiembre de 2017 y la escuela celebraba un fin de semana 'lúdico' y de 'puertas abiertas', ya que aquellos días el eufemismo fue un arma de guerra más de los catalanes. Las puertas abiertas eran para cerrar las puertas a la policía ante el intento de encontrar urnas, y las actividades familiares eran la excusa para ocupar una escuela y permitir que se convirtiera, el día siguiente, en un colegio electoral. En aquella época un servidor era Coordinador de fútbol sala de Casp, por eso aquella tarde, después de la jornada deportiva matinal y de la suspensión obligatoria de mil partidos por culpa del tiempo, me quedé en la Sala Josep M. de Sagarra para cantar que qui n’ha begut en tindrà set tota la vida.
Ese día la canción, sin embargo, no sé si hablaba del alcohol o del deseo inefable para decidir nuestro futuro, ya que aquella sería la tercera vez en siete años que me disponía a votar para afirmar mi deseo que Catalunya fuera un estado independiente. Mañana votaremos, Pep, esta vez esto va de verdad, recuerdo que me dijo el señor Miquel mientras David Carabén acababa de afinar la guitarra. Digo 'señor' no porque que fuera un hombre mucho mayor que yo o porque gastara una calva esférica que parecía dibujada con compás, sino porque era educadísimo y siempre me había generado un respeto supremo, quizás por el hecho que la primera vez que se me presentó, seis o siete años antes, lo hizo hablándome de usted y diciéndome que era catedrático de Biomedicina en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Desde el primer día supe que el señor Miquel era el típico catalán embussat que es independentista pero no lo sabe, por eso me sorprendió mucho encontrármelo en aquella tarde previa al 1-O, pero a la vez me hizo enormemente feliz. Lo había conocido hacia el año 2010 o 2011, cuando fui el entrenador durante dos temporadas de su hija pequeña y un día, después de un partido, le dije que estudiaba en la UAB. Mi sorpresa fue que, más allá de interesarse por qué carrera hacía, se interesó para saber cómo me movía hasta allí y me preguntó si iba con coche, autobús, ferrocarril o tren. Es que Miquel es un loco de su trabajo, pero ya no sabe como hacérselo para evitar no perder los nervios llegando a la facultad, me dijo su mujer aquel día, medio mofándose de él.
A partir de aquel momento, cada vez que hablábamos era para comentar brevísimamente el partido de los chiquillos y después, de manera casi obsesiva, hablar del método más ágil para llegar a la Autónoma. Yo, que entonces vivía en Hospital de Sant Pau, le decía que cogía la línea azul hasta Provença y allí empalmaba con los Ferrocarils hasta la universidad. No me va bien, eso, a mí, vivimos en Sant Andreu y tardaría casi una hora para llegar a Bellaterra, me decía él mientras me explicaba que con el tren, desde Sagrera, era 19 minutos de trayecto hasta Cerdanyola-Universitat. Pruebe los ferrocates, señor Miquel, y descubrirá por qué a los catalanes nos va mejor cuando hacemos las cosas sin depender de España, le dije más de una vez hablando de un medio de transporte con el énfasis de quién recomienda un fármaco milagroso a un enfermo.
Como buen señor que paseaba con El País bajo el brazo y hablaba de Zapatero llamándolo 'el president', ante mis opiniones más propias de un militante de Terra Lliure que de un entrenador de fútbol sala en una escuela concertada, sin embargo, siempre me decía que era "demasiado joven" y que "tenía la cabeza llena de sueños". Por eso aquella tarde del 2017, después de tanto tiempo sin saber nada de él, aluciné de encontrármelo allí, en el teatro del cole, convertido en un independentista irredento que incluso tenía un saco de dormir y un jergón a punto con el fin de pasar la noche. Hemos preparado tortillas para cenar, me dijo mientras yo no daba crédito de la metamorfosis de aquel maragalliano de piedra picada que ahora, seis o siete años después, se había desatascado de golpe.
Con el concierto acabado, mientras picábamos unos ganchitos y bebíamos Coca-Cola caliente, el señor Miquel me preguntó si ya había terminado Filología y después, de repente, entendí cómo aquel hombre había acabado allí. En efecto, cuando se puso a hablar de cómo llegar a la Autónoma, me dijo que ya no iba con Rodalies y me confesó que descubrir los Ferrocarrils había estado como sacarse un callo del pie. Se había pasado una pila de años acumulando horas perdidas por culpa de los retrasos en la Renfe, sufriendo la incertidumbre de no saber si llegaría tarde a clase cada mañana y comiéndose, día si día también, la incomodidad de un servicio más propio del Tercer Mundo que de una ciudad teóricamente global y europea. Pero ¡ eso ya se ha acabado!, me dijo levantando las cejas, duras y densas como un cepillo de esparto.
Después, con la sabiduría de un catedrático, me argumentó que los Ferrocarrils son la evidencia de que un servicio operado desde Catalunya es mucho más eficiente que un servicio colonial impuesto por España, y que al final, después de años creyendo que eso del estado propio era un capricho, por culpa de la enésima avería del tren en medio del Vallès Occidental se había dado cuenta de que la única solución para vivir en un estado del bienestar era alcanzando la plena soberanía nacional. Y fue así como el señor Miquel me demostró que España es una máquina de hacer independentistas, por eso la última frase que me dijo aquella noche tenía lógica entonces, tiene validez hoy y tendrá sentido, desgraciadamente, mientras continuemos encarcelados en el estado español: no te lo creerás, me dijo, pero ¡me hice indepe en Montcada-Bifurcació!