Son unos buenos tiempos para la beligerancia. La guerra y sus estamentos empiezan a ser vistos por las nuevas generaciones como una desgracia necesaria para vivir en un mundo inmerso en una paz guerrera, un oxímoron perfecto en un siglo lleno de contradicciones. El XXI tenía que ser el siglo de la información, y la gente está peor informada que nunca.
E inmersos en un oxímoron tras otro —los más llamativos son una retórica mil veces repetida en que buscan vincular Trump con democracia, Ayuso con libertad, procés con verdad, etc., etc., etc.—, los puestos que van colocando las fuerzas armadas en todos los certámenes destinados a educar a nuestros jóvenes son de los más visitados por una clientela de jóvenes que ven en la guerra una buena forma de ganarse la vida. En un programa radiofónico, el periodista puso el micrófono al servicio de los visitantes, y tanto chicos como chicas mostraron una pasión inaudita por las fuerzas armadas. Paradojas o no, es una realidad que de tanto verla televisada —con misiles que van y vienen y cadáveres apilados formando parte de un teatro del horror—, la juventud ha acabado asimilando la guerra como un mal necesario en una vida sometida a la ley del más fuerte. La democracia, un tipo de organización del Estado en el que las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante herramientas de participación directa, no les convence, porque se creen engañados, vivirán peor que sus padres, y el amor por el ejército es una prueba de la deriva ultra de una juventud que no tiene paciencia. Si existe un hecho diferencial entre mi generación y la de mi hijo mayor es el grado de paciencia, y la democracia —un sistema castigado por un mal endémico denominado burocracia— no les da soluciones a corto plazo, a diferencia de las proclamas populistas de los ultras, un bla, bla, bla cargado de hostilidades, y el ejercido es, generalmente, un nido de ultras camuflados de salvadores de la patria.
Este amor por la guerra no debería sorprendernos. Desde que nacieron, han hecho de sus consolas unas armas de destrucción masiva jugando a juegos donde la muerte se relativiza. Matar te hace pasar pantallas, y no solo desdramatizas los crímenes civiles o los crímenes de guerra, o el asesinato, o como se quiera llamar al hecho de matar a un contrincante, sino también tu propia muerte. Alguien debería explicarle, a esta juventud, divino tesoro, que en la vida real no renaces a cambio de beberte un elixir o de pagar unos eurillos con la tarjeta de crédito de tus padres para tener el derecho a una mágica resurrección, y que cuando te mueres, ¡¡¡kapput!!!, una palabra alemana universalizada que suele ir acompañada de un pulgar señalando el infierno. Como reza el dicho castellano, "el vivo al bollo y el muerto en el hoyo".
Mi padre solía decirme que la muerte es obscena, y su muerte fue obscena, allí caído y solo, en medio de una terminal de tránsito en el aeropuerto de Bangkok, a la vista de curiosos que convirtieron su deceso en la anécdota del día. La muerte es una putada, como los treinta segundos atrás que tardó en fundirse la respiración de mi hijo cuando su madre y yo dimos la orden al enfermero de que parara la máquina de apoyo respiratorio. Incluso la muerte digna es una obscenidad.
Ante los actuales mensajes belicistas, en otra época, la gente se habría manifestado por la paz. Ahora, los jóvenes llenan los estands del ejército
Hace unos años, el ejército español estaba compuesto por mercenarios llegados de muchas regiones de América Latina, porque los autóctonos veían las fuerzas armadas como una antigualla del pasado. Pero la sociedad ha disminuido y las órdenes que llegan desde las esferas del poder son las de rearmar a los países por si acaso, creando una inestabilidad psicológica en la población mediante mensajes que van acompañados de un kit de supervivencia de tres días. Las órdenes son claras. Los intereses también. Si no tenemos enemigos, tendremos que inventárnoslos; si nuestros enemigos son imaginarios, tendremos que hacerlos reales; si nuestros enemigos son reales, tendremos que provocar su ferocidad. Y como guinda del pastel: si hemos eliminado el servicio militar, tendremos que volver a implantarlo por razones de Estado. Ante estos mensajes belicistas, en otra época, la gente se habría manifestado por la paz. Ahora, los jóvenes llenan los estands del ejército, convencidos de que ser militar es como ser fontanero o carpintero, con la ventaja de que tienes trato y sueldo de funcionario y, con el añadido de que tienes derecho a liarte a tiros sin que papá o mamá te riñan. Pura fantasía en 3D.
La militarización mental de la juventud está directamente relacionada con su radicalización política. Sus valores democráticos están en crisis a consecuencia de una sociedad burocratizada que va mil veces más lenta que un mensaje de TikTok, de Instagram o de X. Y con una evidente falta de respuestas, lo mejor es montarse en un autobús conducido por radicales autoritarios que prometen hacerles la vida más fácil saltándose semáforos en rojo, señales de stop y pasos de cebra con el odio como acelerador y, por supuesto, sin tener que pedir perdón, porque pedir perdón es cosa de débiles, y la debilidad es una pandemia típica de las democracias occidentales. Contra la debilidad, no hay mejor antídoto que el autoritarismo.
Por fortuna para los nostálgicos de la España cipotera, dentro de poco, el ejercido dejará de ser una tropa de mercenarios llegados de Ecuador, El Salvador o Paraguay. Con tanta pasión guerrera por parte de una juventud corrompida por mensajes autoritarios revestidos con celofán, ir al ejército es pura adrenalina, y como todo individuo que se mea sobre la colectividad, te da la posibilidad de ser un héroe y llegar al orgasmo colgando un mensaje en las redes sociales rodeado de cadáveres de enemigos para demostrar que eres como un Capitán América o una Viuda Negra celtibérica.
Si el ejercido se ha convertido en trendy, es que vivimos dentro de una gran mierda. Colgar una foto con un mensaje del tipo "mi crush se va a la guerra" tendría que tener pocos likes, porque empiezas relativizando el hecho de matar, y acabas haciendo de la ficción una realidad pornográfica del horror. Tenía razón mi padre, la muerte es obscena. Y la vida, empieza a serlo.