Solo desde el convencimiento absoluto de que no se ha hecho nada mal hecho, o que se ha hecho por necesidad, para proteger un bien superior, se pueden rebatir las acusaciones a las que se enfrentaron María Dolores de Cospedal y Alicia Sánchez-Camacho ayer con la fanfarronería con la que lo hicieron. La nación española se sustenta, en último lugar, y por encima de todo, sobre el principio de la unidad española. Cuando parece que este principio se tambalea, cuando se percibe algún indicio exógeno, pero sobre todo endógeno, de que este principio pueda ser vulnerado, en caso de amenaza, el Estado de derecho queda en standby y se activan todos los mecanismos para que España se repliegue sobre sí misma para garantizar, así, su indisolubilidad. En este contexto político y jurídico, todo es aceptable si el fin último es el de la unidad. No es que los españoles contemplen la vida política de España desde una construcción ideológica amoral: es moral y es ordenada. Y orbita en torno a este principio ordenador supremo, no sobre la legalidad. No sobre el bien. No sobre el temor a que el mundo emita un mal juicio sobre ellos, porque con respecto al mundo, con la apariencia basta.
Alicia Sánchez-Camacho y María Dolores de Cospedal —y Mariano Rajoy, y Jorge Fernández Díaz, y todos los que participaron de la operación Catalunya que ahora niegan—, entendidos dentro de esta dialéctica, no solo no son culpables de nada, sino que son ejecutores de heroicidades, salvadores de la patria y mártires de España —si entendemos como martirio tener que pasar por una comisión de investigación en el Congreso por haber hecho lo que tenías que hacer, claro—. De ahí la arrogancia, los golpes en el pecho y el convencimiento de que saldrán impunes de todo esto. El sistema de poderes español está ideado para que así sea: la ley no escrita siempre pasa por encima de la ley escrita. Los catalanes que no participamos de esta estructura moral pasamos automáticamente a ser, pues, el enemigo.
Los catalanes deberíamos entender cuál es la prioridad de la nación a la que nos enfrentamos, qué armas tiene a su alcance y hasta qué punto está dispuesta a conculcar el Estado de derecho para pararnos los pies
El Estado español lleva siglos operando desde los mismos mecanismos y ateniéndose a la misma primacía, pero de algún modo —por indefensión aprendida, por cobardía, por haber recibido una herencia cultural y política que lo contempla todo con candidez—, incluso cuando nuestra propuesta política es abiertamente la conculcación de la unidad española, nuestra clase política se relaciona con España como si la ley escrita fuera la única que está encima de la mesa y, por lo tanto, bastara con denunciar corruptelas y revestirse de valores democráticos universales para salir adelante. Como si todo fuera un trámite. Como si bastara con ir a Madrid a solicitar un traspaso de competencias por la vía del artículo 150.2 de la Constitución para poder convocar un referéndum de independencia.
Es posible que la operación Catalunya, todo lo que comportó y la estructura moral de la que se sirven los que en ella participaron, sea la vertiente más oscura del nacionalismo de Estado. Del choque de realidad que ha supuesto política y culturalmente su exposición explícita —a pesar de que sus participantes todavía la nieguen para preservar cierta apariencia de Estado de derecho— los catalanes podemos aprender una o dos lecciones para incorporarlas a nuestra conciencia política y a nuestro discurso. Pero no para abonarlo desde el victimismo y el aleccionamiento moral, como hizo la política del procés, sino para entender cuál es la prioridad de la nación a la que nos enfrentamos, qué armas son las que tiene a su alcance, hasta qué punto está dispuesta a conculcar el Estado de derecho para pararnos los pies y de qué forma, habiendo hecho de todo y más, se escaqueará de pagar el precio. Nuestro orden de prioridades tiene que ser el de poner la liberación nacional en la punta del todo de la pirámide para no dejarnos intoxicar con estructuras morales blandas y empantanadas que, a la hora de la verdad, trabajan ideológicamente para negarnos la liberación. La mirada autocentrada de los españoles es la mirada sobre nosotros mismos que nos hace falta.