El 70% de los argentinos residentes en Barcelona que votaron en las elecciones argentinas del 22 de octubre de 2023 lo hizo por el Partido Libertario de Javier Milei, y uno de ellos fue la mesiánica sor Lucía Caram —mesiánica por ser una devota de Lionel Messi—, quien se justificó, como si un voto mal digerido tuviera que justificarse, que lo hacía como un intento de sacudir la corrupta burocracia política de su nación de origen. Y, mira por dónde, este 70% de votantes de Milei reside en un país del que se beneficia de todo lo que el amo de Thor —el perro clonado— anunció que reduciría a la mínima expresión, con la sanidad pública en el centro de la diana. Un ejemplo de irracionalidad que me invita a decirles, a todos esos argentinos que lo votaron y viven en Barcelona, que lo mejor que podrían hacer es coger las maletas y regresar a Argentina cagando hostias. Votar a Milei y beneficiarse de los servicios públicos del país que los ha acogido es moralmente inadmisible y una tomadura de pelo a esos pobres idealistas que creemos que los impuestos sirven para hacernos la vida más digna.

Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie, debería ser uno de los mandamientos que rigieran la relación entre la fauna que puebla este mundo. Y eso les digo a los argentinos residentes en Barcelona que eligieron a Milei, y también a los estadounidenses que han votado a Trump, pero sería como mantener un diálogo para sordos, teniendo en cuenta que los votantes trumpistas son terraplanistas, ya que consideran que el mundo empieza en California y termina en Nueva York.

El hombre de la motosierra, tal como se conoce a Milei, es un tipo de una vulgaridad supina, como el voto de estos argentinos que lo eligieron y ahora viven en Catalunya, beneficiándose de las bondades de un país que, según las encuestas, puede perder la poca dignidad democrática que le queda en las elecciones españolas de 2027. Lo singular de la motosierra es que es un artefacto que tiene un vínculo cultural muy alejado de la tierra de Borges, un escritor que, de estar vivo, sería ideológicamente más próximo a Milei que otros santos literarios como Cortázar o Sábato. La cultura de la motosierra está más próxima al cine splatter, a La matanza de Texas, pero parece que la ideología de Milei y la de Trump tienen la misma cadena de dientes afilados. Estos días estoy leyendo una biografía escrita por la periodista Maggie Haberman titulada El camaleón. La invención de Donald Trump, en la que desnuda al magnate y explica cómo se divorció de su segunda mujer, Marla Maples, con el pretexto de ser una "sureña rodeada de un séquito de sureños mentecatos". Curiosamente, los votantes del sur de Estados Unidos han votado en masa a Trump. El masoquismo no tiene fronteras. En Catalunya, sin ir más lejos, también tenemos votantes de partidos catalanófobos.

Algún día tiene que haber un debate valiente sobre el papel que ha tenido —políticas cobardes aparte— la migración latinoamericana en la disminución y el evidente desinterés en el uso del catalán en la calle, sin que los multiculturalistas de los Comuns, la CUP y ERC nos tachen de racistas

En un artículo que publiqué hace unas semanas, escribí que el migrante tiene derechos y también obligaciones, y un argentino que reside en Catalunya y vota a Milei dudo que sea un ejemplo de integración en el país que lo ha recibido. Tiene derecho a beneficiarse de un estado que defiende las políticas públicas, pero a la hora de votar, aboga por el neoliberalismo, eligiendo a un candidato ultraderechista que se autodenomina anarcocapitalista. E individuos amorales ya tenemos unos cuantos autóctonos como para sumar foráneos.

Un año y medio después de haberle dado la victoria, no sé qué pensará este 70% cuando ve a su presidente paseándose por todas las convenciones neofascistas con la motosierra en las manos, como los machos que presumen de tener un pene de estrella pornográfica mientras hacen el saludo fascista. Y son ellos, estos votantes, los que han condenado a la humanidad a sufrir los improperios de un neonazi como Jorge Milei. Si esto fuera un tango, sería descompasado, y me jode verlos disfrutar de todos esos avances sociales que tanto han costado conquistar a nuestros abuelos, a nuestros padres y que, con los Mileis de turno, no heredarán nunca unos hijos o unos nietos cada vez más subyugados por los cartománticos de la ultraderecha.

Un migrante tiene derechos y obligaciones, y tengo la percepción, si no la certeza, de que —por su falta de empatía como electores— una gran mayoría de este 70% no tiene la delicadeza, por decirlo amablemente, de entender el territorio que los ha acogido. Les falta solidaridad hacia los demás y una falta de asimilación, intuyo, de la lengua catalana en sus vidas, idioma que deben de mirar con la prepotencia de los trumpistas, que tienen el utilitarismo como bandera. Algún día tiene que haber un debate valiente sobre el papel que ha tenido —políticas cobardes aparte— la migración latinoamericana en la disminución y el evidente desinterés en el uso del catalán en la calle, sin que los multiculturalistas de los Comuns, la CUP y ERC nos tachen de racistas. Derechos y deberes, todos los que hagan falta, aunque de estos inmigrantes argentinos votantes de Milei solo espero la resiliencia del supremacista. Porque, si no lo son, ¿qué hacen votando al señor de la motosierra?

No creo en los milagros, pero si un día, uno de estos votantes que conforman el 70% llega a la conclusión de que se ha equivocado, espero que lo haga público con la misma fanfarronería desacomplejada con la que se declaró votante de Milei. Los matones solo menosprecian a los acomplejados, y de esto de acomplejamientos, los catalanohablantes somos unos expertos. Si la mayoría no ha mutado de ideología y sigue fiel al Partido Libertario, los invitaría a regresar a su patria para disfrutar de los placeres del anarcocapitalismo y dejar de beneficiarse de nuestros servicios públicos. Yo o tú o el 30% de los argentinos que supieron eludir el hechizo del sonido de la motosierra, los ayudaremos a regresar, sin billete de vuelta, a Argentina, como la tierra prometida, de Jorge Milei.