Si todo va bien, cuando los lectores más madrugadores vayan a buscar mi artículo, yo estaré atravesando el cielo del Mediterráneo con destino a Atenas. Con Heribert, sospechamos que la Sagrada Familia es una interpretación wagneriana del Partenón y me he apuntado a una expedición heterogénea y pintoresca con la esperanza de comprobar sobre el terreno sus teorías. Heribert, que es mi pintor de cabecera, me ha explicado que Joaquim Mir tenía la obsesión de ir a pintar a Grecia. Dice que fue un marinero del Pireo el que le recomendó que no se complicara tanto la vida, y que ya encontraría lo que necesitaba si iba a Mallorca.
Hace un siglo, viajar era más pesado que ahora y Mir encontró en Mallorca la luz que buscaba para su pintura. Según Heribert, Mir tiene cuadros muy buenos sobre Montserrat, pero solo porque antes absorbió la profundidad diáfana de la costa mallorquina. Montserrat, dice Heribert, no tiene bastante categoría para inspirar una obra artística de gran magnitud. Nuestra montaña mágica no tiene las dimensiones ni la transparencia del aire necesaria para hacer vibrar a los ángeles. La realidad se ve demasiado difusa y amortiguada, en la plana de Vic. Igual que pasa en el Empordà, que es una obsesión de la Catalunya de la dictadura, las montañas de Montserrat sirven, como mucho, para explicar las expresiones acolchadas e imitadas del catalanismo.
Sin el vínculo con Mallorca, Catalunya queda demasiado lejos de Grecia y no tiene fuerza ni imaginación para superar la vida de provincia
El gran patrón de la sensibilidad artística modernista es la luz y el paisaje de Mallorca, me insiste siempre Heribert. En Catalunya hay dos oasis mallorquines, la zona de Poblet y la parte alta de Barcelona. Pero sin la costa mallorquina, Gaudí se habría quedado a medias y la pintura catalana no sería la mejor del siglo XX. En su libro sobre Gaudí, Lluís Racionero insiste que el arquitecto se hartó de hacer excursiones por la isla, igual que Joaquim Mir, que acabó cayéndose de cabeza por un barranco. Puede parecer contraintuitivo para un barcelonés como yo, e incluso un poco esotérico para un lector común. Pero creo que sin el vínculo con Mallorca, Catalunya queda demasiado lejos de Grecia y no tiene fuerza ni imaginación para superar la vida de provincia.
Ahora que las comedias se nos desmontan y que todo el mundo va a tientas, creo que me hará bien ir a Grecia. Heribert dice que la luz de Atenas es tan pura que los griegos antiguos tuvieron que diseñar las columnas del Partenón ligeramente torcidas para que el ojo humano pudiera verlas perfectas. En Catalunya, las deformaciones compensatorias no vienen de la luz, sino de los miedos que nos ha legado la historia, y de los experimentos sociales que hemos vivido los últimos años. Hace tiempo que hemos perdido la perspectiva, y nos encontramos en un momento muy delicado. En octubre de 2017 perdimos la posibilidad de hacernos dueños de nuestro destino. Ahora, sin embargo, estamos a punto de perder la capacidad intelectual de entender mundo y, por lo tanto, de navegar el futuro, sea donde sea allí donde quiera llevarnos.
Estamos, otra vez, a punto de convertirnos en esclavos: ricos de lo que hemos dado y tan puros en nuestra ruina, que diría Carles Riba. Grecia es un luga ideal para tomar distancia, sobre todo cuando en tu casa ya nadie sabe como explicarte qué querría destruir y qué trata de conservar. De hecho, Henry Miller viajó allí poco antes de la Segunda Guerra Mundial intentando huir del oscurecimento mezquino de Europa y salió transformado. Quizás, mientras los lectores más madrugadores abrís la página de este artículo, yo estaré en el avión releyendo sus aventuras con Giorgos Katsímbalis. Grecia dio a Miller una verdad que Europa y los Estados Unidos ya no le sabían enseñar. El mundo no lo puedes cambiar, pero siempre puedes encontrar maneras más interesantes de verlo y explicarlo.