Hace reír que el Estado pretenda "perdonar" las deudas de Catalunya, y mucho más que nos "perdonen" el FLA, pero supongo que se entiende, dado que hace siglos que nos perdonan por existir. El Estado de las autonomías ya es un poco esto: una solución de compromiso para albergar la “diversidad” dentro del concepto de todo el sistema, donde se puedan plantear singularidades, pluralidades y particularidades, siempre que el edificio no se divida. Como esta idea parte de la base, o de la ficción, que la historia empezó (o volvió a empezar, de acuerdo) en 1978, las deudas que se contraen son a partir de esta fecha y, por tanto, no hay agravio histórico, no hay derechos de conquista y la palabra expolio sistemático suena exagerada. Lo que hay es un balance de cuentas, a veces desfavorable, de acuerdo, hablémoslo, pero no me vengas con memoriales históricos ni con victimismos histéricos: si el papa Estado te otorgó un préstamo, aunque fuera con el mismo dinero de todos los catalanes, ahora evidentemente debes devolverlo y con intereses. A menos que se te perdone magnánimamente. Es decir, que se te perdone, de nuevo, la vida. Ego te absolvo.
El acuerdo por el condonamiento del 20% de la deuda del FLA para todas las comunidades autónomas es exactamente eso, aguachirle para todos, y, si Catalunya se aprovecha de ello, será en tanto que comunidad autónoma, como Extremadura, como Andalucía, como todas las demás, orwellianamente. Sin una sola concesión a la llamada singularidad, que representa que debe marcar el tono de la legislatura: “la mayoría plurinacional”, dicen. Pero por ahora el PSOE solo hace que centrifugar igualitariamente sus medidas territoriales y dejar bien claro que la bandera catalana, en esas largas mesas de Madrid, tiene exactamente el mismo trato que todas las demás. Si este debe ser el espíritu de la futura negociación de la “financiación singular”, si este debe ser el carácter plurinacional de los acuerdos a los que se llegue, si esta es la idea de soberanías compartidas que quiere presentar el llamado federalismo socialista, honestamente Franco podría tener ideas muy parecidas para solventar los déficits económicos de sus múltiples diputaciones y gobernaciones civiles. El gerencialismo sirve tanto para los sistemas democráticos como para los autoritarios; solo consiste en aplicar el orden, respetar el orden, garantizar el orden. El único problema de la obsesión por el orden (aparte de ser una obsesión muy fea y siniestra) es que, cuando ordenas de forma minuciosa tu habitación, es exactamente cuando no acabas encontrando nada.
La falta de inversiones estatales en Catalunya es todavía escandalosa, la financiación de la Generalitat es dramática
El Gobierno Illa servirá para ordenar, y alguna gente considerará que ya era hora. El problema no es este, el problema es que solo será eso. No vale, como intenta el presidente, decir que la alternativa es el caos, el populismo o el fascismo: se puede ser una persona de orden y tener imaginación, correr riesgos, parir alguna idea rompedora. Todas las ideas del Gobierno Illa van dirigidas al ámbito de la gestión, de la gran consultoría, de los Excels y de los PowerPoints, pero el malestar de Catalunya no tiene nada que ver con todo esto. La falta de inversiones estatales en Catalunya es todavía escandalosa, la financiación de la Generalitat es dramática (aún más sin los presupuestos aprobados), el aumento de mossos y de jueces en ningún caso implica traspasos competenciales y, si un día se hace la tercera pista del aeropuerto de El Prat, será bajo la estricta gobernación de los despachos y palacios de Madrid. Como su propio cambio de nombre.
Lo que se pediría a un presidente de la Generalitat sería que todo esto lo recordara, y lo hiciera saber, de modo que aquí nos sintiéramos mínimamente defendidos. Un presidente que aplauda absolutamente todo lo que ofrezca el PSOE puede marcarse algunas medallas puntuales, pero su futuro queda irremisiblemente ligado a la suerte del socialismo español y a la atención que a este le apetezca tener hacia las demandas catalanas. Las otras piezas de la ecuación, ERC y Junts, tienen un papel no menos complicado: demostrar que se puede forzar al PSOE a ir más allá de lo que le apetece simplemente ceder, y sobre todo garantizar que las mesas en Suiza y los preámbulos de los acuerdos de Bruselas llegan a resultados reales. Junts ha decidido dar una nueva oportunidad, siguiendo las demandas del mediador, pero se arriesga demasiado a la incomprensión de su electorado. Lo veremos en las próximas semanas, pero si las cosas siguen yendo en la línea del que nos perdonen la existencia (y las “deudas”), que nos hagan tragar el mismo café que al resto de la pandereta de toro y que ignoren la raíz del conflicto que estalló en el 2017, que es el reconocimiento nacional y/o el derecho a la autodeterminación, no habrá valido la pena y solo saldrá ganando Illa. Grisura por grisura, la gente tiende a conformarse con la grisura más auténtica.