Si algún sustantivo define el gobierno de Salvador Illa, ahora que ya han pasado suficientes meses para hacer un primer análisis, es el de la precariedad. Una precariedad que recuerda, y tal vez supera, a la de Pere Aragonès, el cual en su última fase casi no consiguió gobernar, con el Parlament instalado en el rechazo permanente a sus iniciativas. Pero si la inestabilidad de Aragonès venía de las malas relaciones y del incumplimiento del pacto de coalición con Junts —coalición que lo había llevado a la presidencia—, el gobierno Illa sufre de una precariedad de origen, porque su llegada a la presidencia no ha venido avalada ni por una mayoría parlamentaria, ni por una coalición estable. Lisa y llanamente, Salvador Illa es president porque Esquerra Republicana decidió apuntalar su estrategia de partido en la dirección ideológica y no en la nacional.
Dicho de otra forma: ERC quería alejarse del debate nacional —independencia— y reforzar el debate ideológico, cuajando las alianzas con las izquierdas españolas. Pero además, el pacto para ceder la presidencia a Illa tenía un triple objetivo de partido. Por una parte, había que mantener a centenares de militantes y/o amigos del partido colocados en el erario público, cosa posible no solo gracias a los cargos republicanos que se mantendrían en el gobierno Illa, sino también a las decenas de cargos colocados en las Diputaciones, gracias a los pactos con el PSC. Al mismo tiempo, hacer president al hombre que todos los poderes fácticos y mediáticos —Madrid incluida— querían para Catalunya, con el fin de debilitar todavía más la cuestión catalana, daba a ERC un pase para ser mejor tratado entre los ambientes de poder, medios de comunicación incluidos. Y tercera, todo servía para arrinconar a Junts, el adversario a batir que ERC considera prioritario.
En consecuencia, Illa no es president porque haya tejido una coalición sólida, ni por haber conseguido la mayoría del Parlament, sino porque sus intereses han sido alineados con los de los republicanos: los dos querían mantener gachas de poder; ambos querían dejar de lado la cuestión nacional; y los dos querían debilitar las fuerzas de Puigdemont. El Govern Illa nace de una suma de estrategias oportunistas, y no de una negociación programática, y como tal, su consistencia es pura gelatina.
El Govern Illa nace de una suma de estrategias oportunistas, y no de una negociación programática, y como tal, su consistencia es pura gelatina
De aquí viene la precariedad de un Govern que no solo no ha conseguido avanzar en iniciativas relevantes, sino que acaba de sufrir una derrota parlamentaria de enorme importancia. No es cualquier cosa para el Govern la sacudida de una reprobación parlamentaria y la petición de destitución de su consellera estrella, Sílvia Paneque, una figura clave de su ejecutivo, castigada por la mala gestión del desbarajuste ferroviario. Es decir, reprobada por un tema central a la hora de hacer funcionar el país. Y, encima, miembro de un partido que, desde el gobierno del Estado, mantiene la estafa a Catalunya. La paradoja es esta: el hombre que hablaba de hacer "cosas reales" en Catalunya y acabar con los sueños independentistas, acaba de recibir una enorme bofetada de realidad. No olvidemos que Illa ha batido récord, no en balde ha sufrido la reprobación más rápida de un gobierno catalán: en solo siete meses desde la investidura ya ha sido reprobado por el Parlament. Cosa que refuerza la imagen de artificialidad de un Govern que, ni tiene mayoría, ni tiene capacidad de tenerla.
Pero tiene capacidad de alargar la agonía gracias al segundo elemento que explica esta legislatura: la muleta que ERC representa para ellos, encarnada en una oposición tan tibia que más bien parece un acompañamiento. De hecho, es tan complicada la situación de los republicanos, que en esta primera reprobación no han osado salvar al Govern y han optado por una abstención táctica. No podían hacer otra cosa, visto el alto voltaje del tema Rodalies, pero tampoco han sido capaces de ir en contra del Govern, cosa que explica el alto nivel de compromiso que tienen con los socialistas. Aun así, los vientos —y los intereses— pueden cambiar en cualquier momento.
Un gobierno precario sostenido por una muleta oportunista, difícil tráfico. Es cierto que Salvador Illa puede mantenerse durante tiempo en la presidencia porque no hay una aritmética posible para una alternativa. Pero también es cierto que puede transitar de derrota en derrota, hasta la irrelevancia final. Poca gloria se espera de esta legislatura nacida con fórceps. Quizás por eso, incapaz de gobernar la complejidad del país, Illa se entretiene en hacer genuflexiones al Borbón, desnacionalizar Catalunya y hurtar la identidad de la Catalunya Norte. Al fin y al cabo, si no se convierte en un gran president catalán, siempre le queda conseguir el título de buen patriota español. A este último hito dedica un tiempo notable.