"Colgamos a los ladrones de poca monta, pero a los grandes ladrones los elegimos para cargos públicos"
Esopo
Hay un fantasma recorriendo el mundo, el de los gobernantes de todo signo que quieren sacudirse el control judicial, establecido precisamente para asegurar que no abusan de su poder. "Solo el poder puede controlar al poder", así fue como Montesquieu formuló su famosa separación de poderes. Gobernantes de todo signo no se dejan. Gobernantes de todo signo acusan a los jueces de actuar de forma política cuando no les dejan campar a sus anchas. Gobernantes de populismos diversos acuden al pueblo como única fuente de legitimidad, pretendiendo que, con el respaldo del pueblo, nadie puede tocarles hagan lo que hagan. La última ha sido Marine Le Pen, en una peligrosa tendencia iliberal de la que tampoco nos libramos aquí.
Le Pen proclama a los cuatro vientos que su condena es política y que los jueces han actuado para evitar que sea presidenta de la República. No sé si saben que en los medios conservadores franceses se acusa a la judicatura de estar tomada por la izquierda, de un origen sesentayochista del que no ha sido depurada. Olvida, la buena mujer, los más de cuatro millones de fondos del Parlamento Europeo que se han empleado en pagar a gente que no pisaba Bruselas y que curraba para su partido, incluido una especie de mayordomo que la asistía a ella personalmente. Robar al pueblo en nombre del pueblo y de su respaldo. Populismo.
¿No les parece que rima? Algo así como los jueces que abren causas sin motivo al entorno de cierto presidente con el único objetivo de derribarle del poder y que constituyen una judicatura franquista que no ha sido democratizada, olvidando los puestos de trabajo creados ad hoc con dinero público y la utilización de personal público para el trabajo personal de la mujer del presidente, en una obscena confusión de lo público y lo privado. En ambos casos se ha escuchado el argumento de que los jueces no pueden alterar el poder salido de las urnas, que no pueden con sus acciones perjudicar a aquellos que el pueblo quiere en el gobierno, porque es el pueblo el que manda sin restricción alguna y sin control ulterior. Populismo.
A Marine la han apoyado inmediatamente Orbán "el destructor del Estado de derecho", Putin y Trump, entre otras piezas de la internacional iliberal. En España, la apoya Abascal, él también sostiene a Marine, y luego está el "sí, pero" de Pablo Iglesias. Este, a través de un editorial, asegura despreciar a la "execrable" Marine, pero se tienta las ropas ante la idea de que un juez pueda "eliminar a una candidata de una carrera electoral en la que partía como favorita junto a Mélenchon". A este último se encomienda cuando afirma que a la ultraderecha se le gana en las urnas, pero no judicializando la política. Oiga, ¿si han malversado más de cuatro millones de los contribuyentes europeos tampoco? ¿Significa eso que los candidatos o los gobernantes pueden hacer de su capa un sayo? Rara postura, con nuestro dinero.
Existe una clara tendencia mundial a reelaborar las democracias liberales para convertirlas en otra cosa
Y ya han visto a Trump, que echa espumarajos por la boca porque los jueces le están impidiendo despedir a los funcionarios, deportar a El Salvador a inmigrantes y otras tantas barrabasadas. Trump también acusa a los jueces de hacer política y de ponerse contra el sacrosanto poder que el pueblo le ha otorgado y que para él es una especie de manto de impunidad que ya piensa en prolongar otro mandato más. Vaya panorama. Una vicepresidenta española considera que la presunción de inocencia es una vergüenza en vez de un derecho humano fundamental, cuando la que acusa es una mujer joven. No se ha ido ni la han cesado y aún le han sacado las castañas del fuego a base de retorcer u ocultar lo que dijo. No faltan ejemplos en Latinoamérica, ahí tienen a Maduro, que sigue a su rollo tras perder las elecciones.
En Francia, Ciotti, aliado de Le Pen, pide cambiar la ley que permite inhabilitar preventivamente y que data de 2016 y no es que sea una antigualla. En México, cambian las leyes para cambiar a los jueces. En Polonia y en Hungría ya alteraron su legislación para sacar a los que no les gustan y poner a los suyos. En España, los aprendices de brujo ensayan ingeniería legislativa para conseguir meter a nuevos jueces, con nueva formación pública dependiente del ministro, y ya buscarán la forma de sacar cuanto antes a los más viejos.
Quien no vea el peligro es que no quiere verlo.
Existe una clara tendencia mundial a reelaborar las democracias liberales para convertirlas en otra cosa mediante alteraciones soterradas de las constituciones democráticas, transformándolas en algo que, en el fondo, será completamente distinto, con la función de sentar las bases para su permanencia sin alternancia en el poder. Los jueces son uno de los baluartes para impedir esta devaluación democrática en todos los países y lo son máxime si los políticos, en su deriva prepotente, se van llenando los bolsillos y llenando los puestos públicos de personas a su propio servicio para beneficiarse o, simplemente, como pago de favores a los amigos. Si hasta en la muy republicana e ilustrada Francia sucede, nadie está a salvo. ¿Que hay algunos jueces chungos? Sin duda. ¿Que sin los jueces la democracia fracasa? También.
En Francia, ha tenido que salir la Corte Suprema a proteger a los jueces que han condenado a Le Pen y que han sido amenazados. Aquí, todas las asociaciones judiciales y fiscales de todo signo y el CGPJ han tenido que salir a defender la presunción de inocencia y al pleno de la Sala de Apelaciones del TSJC. Demasiadas rimas, demasiadas.
Ojito con los que consideran que los jueces están restándole el poder al pueblo. Ojito con los que dicen que los derechos fundamentales del ser humano chocan con el interés general y, por tanto, pueden ser soslayados. Ojito con los que creen que perseguir a un corrupto es una forma de intervenir en política, de lo que se deduce que habría que dejarle impune. En general, ojito. Hemos llegado a un punto tremendamente delicado en el que amplias masas del pueblo ni siquiera entienden sobre qué pilares se sustenta la democracia, de modo que es fácil convencerles de la novedad radical de derribarlos. No confundan nada de esto con la razón de Estado y los independentismos. Aquello fue lo que fue y esto es otra cosa.
Necesitamos un kit de supervivencia democrática y no sé cuántos tienen o conservan la noción de lo que debe meterse dentro.