Llegará el último domingo de marzo y una luz anacrónica nos despertará en algún momento de la mañana. Tendremos más sueño que cualquier otro domingo y el móvil marcará una hora diferente de la del reloj de agujas, también adormecido sobre la mesilla de noche. Quizás se le han acabado las pilas, pensaremos, o quizás recordaremos qué día somos y levantaremos las manos arriba, como en un atraco dentro de un banco, asumiendo que un año más nos han robado una hora del día con la sutileza de un carterista en el metro.

Caeremos entonces en todas las cosas que podríamos haber hecho en aquella hora que no habremos vivido, ya que solo nos arrepentimos de malbaratar el tiempo cuando, más que perderlo, sentimos que nos lo pispa alguien. En este último precipicio antes de la entrada en abril, pensaremos, podríamos haber compartido una botella de un buen Priorat con aquellos amigos a quienes hace meses que no vemos, o haber paseado de noche sin rumbo por los callejones del Gótic, o quien sabe, incluso haber bailado en una discoteca a pesar de parecer un pato sufriendo un ataque epiléptico, por ejemplo.

En una hora, si uno quiere, se pueden leer treinta páginas seguidas de las Memorias de Josep M. De Sagarra, o también se puede hacer una partida del juego de la oca después de la colación, con los platos de una cena de aniversario en la pica y la paciencia de saber que ya los lavaremos mañana. En una noche de marzo del sábado, sesenta minutos bastan para pedirse dos cócteles de trago corto en un bar elegante o fumarse un puro en algún jardín privado, pero también para atreverse a decir "¿subimos a casa?" y encerrarse en un piso para hacer el amor y no saber qué hora es cuando se mira la hora, con el cigarro de después.

La vida que nos hemos perdido simplemente no existe, cantaba Guillem Gisbert, por eso cuando llegue este último domingo pondremos 10 milles per una bona armadura en los altavoces de casa mientras tenemos el café al fuego y por la ventana, desgraciadamente, notamos menos claridad de la que el día antes habíamos notado a esta misma hora. El domingo será menos brillante que el domingo pasado y llegaremos a creer que T.S. Eliot, cuando escribió que "abril es el mes más cruel", se aferraba al hecho que su primera semana, año tras año, es como vivir en un jet lag particular, con sensación de cansancio, falta de sueño y alguna migraña traidora.

Vendrán de nuevo las mañanas en que las sábanas tibias de la cama volverán a pesar como losas, ya que la luz matinal que las hacía dóciles habrá sufrido un trasvase al final de la tarde, aquello que los poetas cursis denominan el capaltard. Sin haberlo pedido a nadie, llegarán las noches en que sobre las ocho y media, en aquella hora en que lo más normal es estar en la cocina preparando la cena, una luz crepuscular en la calle nos hará tener ganas, más que de comer un plato de judía tierna al vapor, de salir a beber dos negronis en la primera terraza del Eixample.

La vida todavía no nos llamará del todo, sin embargo, porque la primavera nos engañará exactamente un par de semanas. En aquellas noches frías para ser abril, viviremos desorientados, cansados y malhumorados por culpa de un luto mal digerido: el de la hora perdida de una madrugada de marzo que ya nunca nadie nos devolverá. La habríamos gastado, quizás, escuchando el Coral romput de Ovidi Montllor volviendo en coche por alguna autopista desértica, viendo un capítulo de The White Lotus o sencillamente fumando hasta que los pulmones digan basta en el banco de una plaza haciendo las bromas de siempre, con los recuerdos de siempre y con los amigos de siempre.

Sí, quizás sesenta minutos de una noche del sábado pueden parecer un puro trámite cuando se tienen cuarenta y dos años, pero también pueden parecer media vida cuando se tienen diecinueve y estirarse con un jergón para mirar el cielo desde Àger es un plan mucho más suculento que matar una noche adocenada mirando Col·lapse. Lo que duele del cambio de hora, aunque no lo digan en la tele ni a la radio, no es tener que cambiar de nuevo el reloj del coche. Ni tan solo vivir a destiempo durante los quince días que tarda nuestro reloj interno en girar a la misma hora que dicen los relojes de las farmacias.

Lo que nos duele, más bien, es darnos cuenta de que no es el cambio de hora quien nos miente diciéndonos de repente que es una hora que no es, sino que somos nosotros quienes le mentimos a él culpándolo de haber perdido una hora de vida, cuando en realidad el trabajo, los retrasos en Rodalies, los atascos de tráfico o las esperas en el consultorio nos roban muchos más minutos a lo largo del año que los sesenta minutos que la vida nos coge de las manos una noche de primavera. Por eso llegará el último domingo de marzo, y cuando una luz anacrónica nos despierte en algún momento de la mañana, nos propondremos el desafío más valioso que podamos prometernos: que el único ladrón del tiempo, si puede ser, sea nuestra soberanía para escoger en que invertimos el tiempo. Un reto apasionante, por lo tanto, llamado vida.