El sistema bancario no es que esté cambiando: ha cambiado ya y lo ha hecho gracias a la tecnología, que acerca el servicio a los usuarios más jóvenes, más urbanos y más expertos en el uso de la TIC y lo aleja del resto, que no son otros que los usuarios de más edad, los que viven en zonas rurales y los que no se manejan bien con las herramientas tecnológicas. Lo más grave es que, la mayoría de las veces, estos usuarios a los que se está dejando sin servicio tienen esas tres características a la vez. Hoy, tenemos en España menos de la mitad de sucursales que en 2007.

De más de 44.000 a menos de 21.000 y bajando
El año 2007 marcó la plusmarca: un total de 44.308 sucursales bancarias llegaron a funcionar de manera simultánea en España pero, hoy, de aquel esplendor queda poco: a finales de 2021, el número de sucursales bancarias abiertas en nuestro país era 20.904 y es de esperar que, al cierre de este 2022 que encara su último trimestre, sean todavía menos. Con todo, y como diría Joan Laporta, no estamos tan mal: la caída en el volumen de puntos de servicio abiertos se compensa con sistemas de intermediación electrónica cada vez más sencillos y eficientes. El problema es que estos sistemas no llegan a todos: los más mayores, los más pobres, los menos formados y los que viven más lejos de los grandes centros de decisión padecen lo que, sin duda, es una brecha financiera. Muchos municipios pequeños ven desaparecer sus sucursales bancarias, los nuevos bancos que nacen no tienen sucursales y operan prácticamente al 100% en remoto y las sucursales que quedan ofrecen, cada vez, un servicio más distinto del que se venía ofreciendo porque, ahora, más que oficinas financieras, son puntos de venta de servicios diversos.
Y no hay vuelta atrás
Y como pasa con todo cambio que implica ahorro y mejores resultados a fin de año, nadie va rebobinar. La España con tres sucursales bancarias en cada pueblo de más de 1.000 habitantes y veinte en cualquier barrio de una ciudad media no va a volver. La solución, guste o no, es más tecnología y, por supuesto, más formación a usuarios y empleados para utilizarla, especialmente a los más mayores de los primeros porque a los más mayores de los segundos ya se les ha expulsado de las plantillas de los bancos mediante prejubilaciones no tan excelentes como esperaban. Los clásicos cajeros ATM se convertirán en terminales de servicio asistido que, además de hacer lo que hasta ahora, ofrecerán servicios de videobanca disponibles 24/7 que, muy probablemente, permitirán a muchos de los hoy excluidos encontrar las respuestas que no encuentran en la banca móvil. Las sucursales, por supuesto, seguirán existiendo, pero se parecerán más a una gestoría que al banco que hasta ahora conocíamos. Convivirán con puntos de servicio sin personal (probablemente ese sea el futuro de las oficinas rurales) en los que los usuarios podrán interactuar cómodamente con estos sistemas de videobanca. Lo que no cambiará, porque eso no cambia nunca, serán las comisiones altas y los intereses bajos. La banca, ya lo dicen, siempre gana.